La noche en un avión es un lugar extraño. No estás del todo aquí, ni del todo allá. No es solo el huso horario lo que se desajusta: también el pensamiento. La mente se va por las nubes, igual que el aparato. Un fantástico A350-900 de Lufthansa. Mientras algunos del grupo cabecean buscando el primer sueño largo, nosotros encendemos el portátil. Porque es ahora, en este instante suspendido entre dos mundos, donde empieza de verdad nuestra Bitácora China.
Hace solo unas horas salimos de Valencia, con esa mezcla de ligereza y propósito que acompaña a los viajes importantes. No solo por el destino —que también, porque China impone—, sino por lo que venimos a hacer.
No hemos venido solo a descubrir. Hemos venido, porque nos gusta, a mirar con atención, tomar nota de lo que pasa y contarlo a quienes viven este sector con nuestra misma intensidad. El de los viajes, el del turismo, el de las agencias.
A diferencia de buena parte del grupo, no partimos de una redacción clásica ni de una agencia de noticias —capiteles informativos, algunos (muchos), con décadas de admirable oficio periodístico—. Somos, si se nos permite, relatores del presente turístico para agentes, observadores de lo que ocurre en el día a día del mostrador y el MICE. Desde SoloAgentes llevamos años dando voz a esta industria. Y sí, antes de escribir sobre ella, también la trabajamos desde dentro: fuimos agentes. Propusimos viajes, trazamos itinerarios, soñamos vacaciones con los clientes.
Por eso, cuando participamos en una experiencia como esta, no venimos solo con libreta y cámara. Venimos con la mirada puesta en detectar qué puede encajar con cada perfil de viajero que, por suerte —y que dure—, sigue acudiendo a las agencias.
Hoy compartimos este viaje con un grupo muy especial: compañeros del sector, rostros con recorrido, profesionales al frente de medios especializados. CATAI ha sabido reunirnos para algo que va más allá del turismo: nos propone mirar China con profundidad, entenderla, y volver con un relato valioso para los que venden este destino cada día.
La primera etapa ha sido corta: Valencia–Múnich. Pero para nosotros, salir de casa ya es empezar.
Vivimos —y lo decimos con cariño y convicción— en “la terreta”. Y sí, sentimos el privilegio de despegar desde un lugar al que siempre apetece volver. Pero cuando el destino es China, y el viaje lo lidera un equipo como el de CATAI, cuesta no entregarse por completo a lo que viene.
En Múnich, tras el reencuentro con el resto del grupo, llegó la primera foto conjunta. Ese disparo que sella el inicio oficial de la aventura.
Ahora, ya a bordo del vuelo a Pekín, con la cabina a media luz y el motor como única banda sonora, sabemos que no estamos simplemente volando a China. Estamos, una vez más, disfrutando del hecho de viajar. Que para muchos de nosotros —no nos engañemos— es como realmente entendemos la vida.
Hoy no hay monumentos ni grandes paisajes. Ni templos, ni rascacielos. Pero sí algo que pesa tanto como cualquiera de ellos: la emoción de empezar un nuevo viaje.
Y pensamos también en todos esos viajeros a los que tantas veces recomendamos este destino sin haberlo vivido aún en primera persona. Porque este salto —de casa a la otra punta del mundo— nos recuerda lo que siente un cliente cuando confía en nosotros para cruzar medio planeta.
China nos espera. Algunos la redescubriremos. Otros la veremos por primera vez. Pero todos —y eso es lo más valioso— vamos con la certeza de que este viaje no sería igual sin la mano experta de CATAI guiándolo desde el primer minuto. Por eso estamos aquí: para contarlo, sí. Pero también para vivirlo como merecen vivirse las cosas importantes.
Mañana aterrizamos. Y empieza la verdadera historia.
✈️ Bitácora China – Día 2
Pekín. Primeras horas… y ya algunas certezas.
21 de junio de 2025 – Desde el aire, acercándonos a Pekín
La noche en un vuelo largo tiene algo de conversación interior. Empieza con entusiasmo, continúa con rutinas compartidas —la cena, la peli, los primeros intentos de dormir—, y en algún punto intermedio, cuando todo está en silencio, te asalta la pregunta que todo viajero se ha hecho alguna vez a mitad de trayecto:
¿Realmente merece la pena todo esto?
Más de diez horas de vuelo. Hoy, compartidas con las casi 300 plazas perfectamente optimizadas del A350-900 de Lufthansa, que —hay que decirlo— dispone de una buena configuración en su clase turista. Aun así, cuando uno se encuentra a mitad de trayecto, con el cuerpo buscando posición y el reloj sin intención de colaborar, se agradece haber invertido en una plaza en business. No siempre se puede, pero en vuelos así, si está al alcance, vale cada euro (y además, tu agente de viajes te lo agradecerá).
La noche avanza como avanzan estas noches: entre cabezadas, varias películas empezadas y estiramientos discretos en el pasillo y junto al área de los lavabos, donde se cruzan las miradas de quienes ya no duermen y solo esperan. Una especie de pequeño ritual previo al aterrizaje, como si todos estuviésemos calentando para salir a escena.
En esos ratos de insomnio —cuando las ventanillas aún no están del todo cerradas y todavía queda luz en el interior del avión—, la mente empieza a fijarse en los detalles. Y uno, que ha sido agente de viajes antes que narrador, no puede evitarlo: empieza a perfilar públicos. A intuir motivaciones. A dibujar productos. A detectar oportunidades.
No cuesta demasiado identificar los microuniversos que comparte este vuelo con nosotros. Un grupo de chicas que no parecen compañeras de trabajo ni viajeras culturales: más bien amigas de compras. Bastantes parejas, algunas recién casadas, otras ya con historias largas a la espalda. Un par de filas más atrás, estudiantes con uniforme —¿europeos aprendiendo chino?, ¿viaje de fin de curso?—. Y algunos perfiles que claramente viajan por negocios, con el portátil aún encendido, varados en un Excel y no en la última entrega de Misión Imposible.
Vistos por separado, no los emparejarías. Pero comparten vuelo, destino y —aunque no lo sepan— probablemente también agencia. Y ahí es donde uno se da cuenta de que Pekín no es un destino para un único tipo de viajero. Es una puerta de entrada abierta a muchos perfiles.
La megafonía anuncia que estamos a punto de aterrizar. Lo que hasta ahora era solo una larga espera, se convierte en evidencia inminente. Se recogen bandejas. Se suben respaldos. Las miradas se cruzan con ese brillo del que sabe que está a punto de llegar.
Miro por última vez las filas con las que he compartido este vuelo. Y sí. Si anoche cabía alguna duda, hoy ya no la hay: el viaje va a merecer la pena.
Aeropuerto Internacional de Pekín-Capital
Por fin el finger se acopla al fuselaje. Las puertas del avión se abren y esa brisa estática de la terminal —que no es ni aire libre ni aire acondicionado— nos recibe con la promesa de que Pekín está a unos pasos de hacerse real.
Mientras avanzamos por el túnel, la mente hace su propio desembarque. Pienso en lo que nos espera: 22 millones de habitantes, la segunda ciudad más poblada del país, capital política y administrativa de una potencia como China. Una ciudad que, de norte a sur, mide más de 160 kilómetros, y de este a oeste, 170. Para entenderlo mejor: una urbe 1,5 veces mayor que toda la Comunidad Valenciana.
Y con eso en mente, uno no puede evitar mirar a su alrededor y preguntarse: ¿Estamos preparados para lo que viene?
Llegamos al Aeropuerto Internacional de Pekín-Capital. Por lógica, por tráfico, por escala, uno espera caos. La típica espera infinita en pasillos saturados, terminales con idioma críptico y maletas que no aparecen. Mentalmente, uno se encomienda al santísimo —y a CATAI— para que todo fluya como debe.
Empezamos a andar. Un pasillo. Luego otro. Una sala más amplia. Una zona de tránsito… Pero aquí no hay carreras, ni gritos, ni empujones. La gente avanza. Fluye. ¿Nos habremos confundido de zona? ¿Esto es realmente el aeropuerto más transitado de Asia?
Y entonces, sin previo aviso, sin sobresaltos ni instrucciones ruidosas, llegamos al control de pasaportes.
Esperábamos una espera. Y lo que encontramos fue eficiencia silenciosa.
En pocos minutos, los trámites están hechos. Subimos a una lanzadera que nos lleva al área de recogida de equipaje. Y allí, casi como un milagro logístico, todas las maletas aparecen. Ni una extraviada. Ni una duda. En menos de 15 minutos estamos listos.
Nos esperan en la salida las dos personas que nos acompañarán durante nuestra estancia en Pekín. Rostros amables. Cartelería impecable con el logo de CATAI y la imagen de portada del folleto. Un primer saludo en español, con ese acento del otro lado del mundo que ya empieza a sonar familiar.
Subimos al autobús, perfectamente aparcado a escasos metros de la puerta. Nada de caminatas innecesarias ni contratiempos de último minuto, que tras un trayecto como el que llevamos, se agradece.
Comenzamos los 32 kilómetros que nos separan del centro de la ciudad, donde nos espera nuestro hotel: el Crowne Plaza Wangfujing, el que será nuestro hogar en estos primeros días. Y lo pienso, en silencio:
Si la entrada a un país dice mucho sobre lo que vas a vivir… China acaba de darnos una primera lección.
Camino al hotel
En la salida nos esperan Marco y Bambú, los dos representantes chinos de CATAI que nos acompañarán durante nuestra estancia en Pekín. Son sus nombres “occidentales”, como suele decirse, pero basta una primera conversación para notar que no son meros intérpretes ni guías al uso.
Bambú, licenciada en Filología Hispánica, y Marco, también con experiencia en España, no solo dominan el idioma: dominan nuestros códigos. Y eso, en un destino como este, marca la diferencia. Porque cuando uno aterriza después de doce horas de vuelo, lo que necesita no es solo que le cuenten lo que va a ver. Lo que necesita es sentirse entendido, percibir que quien le habla ha vivido como él, ha sentido como él, y sabe exactamente cómo ayudarle a disfrutar al máximo de lo que viene.
Y ellos, desde el primer minuto, conectan. Hablan con ritmo, con intención, con calidez. Y lo más importante: logran que nos interese lo que cuentan, incluso a los que no hemos dormido más de tres horas y podríamos quedarnos dormidos con solo apoyar la cabeza.
El trayecto hasta el hotel —unos 45 minutos— nos da también las primeras pinceladas reales de Pekín. Empezamos a adentrarnos en los cinco anillos que delimitan el área metropolitana, y aunque el volumen de vehículos crece a medida que nos acercamos al centro, no hay caos. Alguien comenta que es porque ahora casi todos los coches en China son eléctricos. Puede ser. Pero lo que realmente impresiona es que no se oye ni un claxon. Silencio en la ciudad más grande que hemos pisado jamás. Y eso, en Asia, ya es mucho decir.
Llegamos al Crowne Plaza Wangfujing y el check-in es digno de un equipo de Fórmula 1. En menos de diez minutos, todo el grupo está repartido por sus habitaciones. Un par de horas para descansar, ducharse y, sobre todo, prepararse. Porque esta tarde empieza nuestra primera toma de contacto real con la ciudad.
️ Primer paseo: Wangfujing — Entre el Manhattan de 2025 y el Pekín de 1980
Poco después de las cinco de la tarde, nos recogen en el hotel. El aire acondicionado del autobús se agradece: el calor seco de Pekín no perdona, pero tampoco impide. En apenas diez minutos, estamos ya en Wangfujing, la calle más comercial, vibrante y —para muchos— fotogénica de la ciudad.
Basta un primer vistazo para entender a esas viajeras que imaginamos horas antes en el avión: amigas de compras, con ganas de callejear entre escaparates y descubrir. Este es su lugar. Y no se han equivocado. Todas las avenidas de la zona están repletas de locales fastuosos. No hay marca, oriental u occidental, que no compita en espacio, dimensiones y espectacularidad. Aquí están todas. Incluida nuestra irremplazable Zara, por supuesto.
Para quienes buscan un viaje con tiempo para compras, sin renunciar a lo auténtico, Wangfujing es una parada obligada. Y un argumento de venta que no siempre se menciona… pero debería.
Sin embargo, lo más sorprendente no está en la superficie. Entramos en uno de los centros comerciales de la zona y, bajando hasta el segundo sótano, descubrimos un Pekín que parecía olvidado… pero no lo está.
Se llama He Ping Guo Ju. Y es un micromundo que parece haberse quedado atrapado en los años 80. Pasillos estrechos. Baldosas blancas. Luces fluorescentes. Letreros con tipografías antiguas. Tiendas minúsculas de electrodomésticos, relojes, tejidos, perfumes de otra época. Un Pekín sin filtros. Sin narrativa turística. Y lleno de verdad.
Sí, incluso en este tercer subsuelo hay turistas. Pero aquí además de hacerse selfies, podemos observar otro ritmo, otro lenguaje, otra estética. Y es fascinante mirar a esa china de hace únicamente unas décadas.
De esta visita podemos extraer dos lecciones, que ninguna de ellas pueden pasarnos desapercibidas.
La primera: la velocidad a la que ha evolucionado este país es tan vertiginosa que impresiona. Quien vea lo que era Pekín hace cuatro décadas y lo compare con lo que es hoy, entenderá que «los chinos nos comen» no es solo una expresión hecha. Es una hoja de ruta. Y van a por todas.
La segunda, y quizá más reveladora aún: a pesar de ese progreso, no han renunciado a su pasado. No lo ocultan. No lo ridiculizan. Lo muestran con orgullo. Tanto su historia ancestral como sus orígenes más modestos forman parte del relato. Y eso se nota, se siente… y mañana, sin ir más lejos, lo vamos a recorrer paso a paso.
Marco —nuestro guía— nos advierte con una media sonrisa:
“Id descansados. Mañana os esperan más de 15.000 pasos.”
️ Cena de bienvenida — Entre pato, tecnología y planes para mañana
Después de este primer callejeo —y alguna que otra compra temprana— nos dirigimos a uno de los restaurantes más reconocidos de la zona para probar el que dicen es uno de los mejores patos laqueados de Pekín. Primera cena formal del grupo. Esta vez no en los asientos alineados del avión, sino alrededor de una gran mesa redonda, donde empiezan las conversaciones que marcan el tono de un viaje.
Y sí, el pato estuvo a la altura de su fama. Pero también lo estuvieron los demás platos y platillos: verduras salteadas, carnes en su punto, mariscos bien tratados, todo dispuesto con esa generosidad de sabor que China ofrece cuando se le da confianza.
Al final de la cena, nos animamos a poner a prueba a CAT-AI, la nueva inteligencia artificial que ha incorporado CATAI como asistente de viaje para clientes. Responde en español de forma muy empática, y cumple con creces las veces de un asistente en destino, y hay que reconocerlo: aguantó bien el tipo. Supo guiarnos, indicar direcciones, resolver dudas y hasta darnos una predicción del tiempo y vestimenta a utilizar mañana.
Y así, entre buenos sabores y tecnología útil, cerramos nuestro primer día completo en China.
El segundo del viaje. El primero de muchos recuerdos.
Hoy no ha habido grandes templos ni rutas oficiales. Y sin embargo, algo ha cambiado. Ya no estamos viajando hacia China. Estamos viajando por dentro de ella.
