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Bitácora China de nuestro viaje con Catai

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Acompáñanos en un viaje único a través de China con CATAI: historia, cultura, emociones y detalles contados con nuestros ojos, los de un agente de viajes. Una bitácora escrita desde dentro del sector, pensada para conocer y vender mejor este destino.

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20 de junio de 2025 ✍️ Por el equipo de SoloAgentes

✈️ Bitácora China – Día 1 

A bordo de un vuelo nocturno rumbo a China

La noche en un avión es un lugar extraño. No estás del todo aquí, ni del todo allá. No es solo el huso horario lo que se desajusta: también el pensamiento. La mente se va por las nubes, igual que el aparato. Un fantástico A350-900 de Lufthansa. Mientras algunos del grupo cabecean buscando el primer sueño largo, nosotros encendemos el portátil. Porque es ahora, en este instante suspendido entre dos mundos, donde empieza de verdad nuestra Bitácora China.

Hace solo unas horas salimos de Valencia, con esa mezcla de ligereza y propósito que acompaña a los viajes importantes. No solo por el destino —que también, porque China impone—, sino por lo que venimos a hacer.

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No hemos venido solo a descubrir. Hemos venido, porque nos gusta, a mirar con atención, tomar nota de lo que pasa y contarlo a quienes viven este sector con nuestra misma intensidad. El de los viajes, el del turismo, el de las agencias.

A diferencia de buena parte del grupo, no partimos de una redacción clásica ni de una agencia de noticias —capiteles informativos, algunos (muchos), con décadas de admirable oficio periodístico—. Somos, si se nos permite, relatores del presente turístico para agentes, observadores de lo que ocurre en el día a día del mostrador y el MICE. Desde SoloAgentes llevamos años dando voz a esta industria. Y sí, antes de escribir sobre ella, también la trabajamos desde dentro: fuimos agentes. Propusimos viajes, trazamos itinerarios, soñamos vacaciones con los clientes.

Por eso, cuando participamos en una experiencia como esta, no venimos solo con libreta y cámara. Venimos con la mirada puesta en detectar qué puede encajar con cada perfil de viajero que, por suerte —y que dure—, sigue acudiendo a las agencias.

Hoy compartimos este viaje con un grupo muy especial: compañeros del sector, rostros con recorrido, profesionales al frente de medios especializados. CATAI ha sabido reunirnos para algo que va más allá del turismo: nos propone mirar China con profundidad, entenderla, y volver con un relato valioso para los que venden este destino cada día.

La primera etapa ha sido corta: Valencia–Múnich. Pero para nosotros, salir de casa ya es empezar.

Vivimos —y lo decimos con cariño y convicción— en “la terreta”. Y sí, sentimos el privilegio de despegar desde un lugar al que siempre apetece volver. Pero cuando el destino es China, y el viaje lo lidera un equipo como el de CATAI, cuesta no entregarse por completo a lo que viene.

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En Múnich, tras el reencuentro con el resto del grupo, llegó la primera foto conjunta. Ese disparo que sella el inicio oficial de la aventura.

Ahora, ya a bordo del vuelo a Pekín, con la cabina a media luz y el motor como única banda sonora, sabemos que no estamos simplemente volando a China. Estamos, una vez más, disfrutando del hecho de viajar. Que para muchos de nosotros —no nos engañemos— es como realmente entendemos la vida.

Hoy no hay monumentos ni grandes paisajes. Ni templos, ni rascacielos. Pero sí algo que pesa tanto como cualquiera de ellos: la emoción de empezar un nuevo viaje.

Y pensamos también en todos esos viajeros a los que tantas veces recomendamos este destino sin haberlo vivido aún en primera persona. Porque este salto —de casa a la otra punta del mundo— nos recuerda lo que siente un cliente cuando confía en nosotros para cruzar medio planeta.

China nos espera. Algunos la redescubriremos. Otros la veremos por primera vez. Pero todos —y eso es lo más valioso— vamos con la certeza de que este viaje no sería igual sin la mano experta de CATAI guiándolo desde el primer minuto. Por eso estamos aquí: para contarlo, sí. Pero también para vivirlo como merecen vivirse las cosas importantes.

Mañana aterrizamos. Y empieza la verdadera historia.

✈️ Bitácora China – Día 2

Pekín. Primeras horas… y ya algunas certezas.

21 de junio de 2025 – Desde el aire, acercándonos a Pekín


La noche en un vuelo largo tiene algo de conversación interior. Empieza con entusiasmo, continúa con rutinas compartidas —la cena, la peli, los primeros intentos de dormir—, y en algún punto intermedio, cuando todo está en silencio, te asalta la pregunta que todo viajero se ha hecho alguna vez a mitad de trayecto:

¿Realmente merece la pena todo esto?

Más de diez horas de vuelo. Hoy, compartidas con las casi 300 plazas perfectamente optimizadas del A350-900 de Lufthansa, que —hay que decirlo— dispone de una buena configuración en su clase turista. Aun así, cuando uno se encuentra a mitad de trayecto, con el cuerpo buscando posición y el reloj sin intención de colaborar, se agradece haber invertido en una plaza en business. No siempre se puede, pero en vuelos así, si está al alcance, vale cada euro (y además, tu agente de viajes te lo agradecerá).

La noche avanza como avanzan estas noches: entre cabezadas, varias películas empezadas y estiramientos discretos en el pasillo y junto al área de los lavabos, donde se cruzan las miradas de quienes ya no duermen y solo esperan. Una especie de pequeño ritual previo al aterrizaje, como si todos estuviésemos calentando para salir a escena.

En esos ratos de insomnio —cuando las ventanillas aún no están del todo cerradas y todavía queda luz en el interior del avión—, la mente empieza a fijarse en los detalles. Y uno, que ha sido agente de viajes antes que narrador, no puede evitarlo: empieza a perfilar públicos. A intuir motivaciones. A dibujar productos. A detectar oportunidades.

No cuesta demasiado identificar los microuniversos que comparte este vuelo con nosotros. Un grupo de chicas que no parecen compañeras de trabajo ni viajeras culturales: más bien amigas de compras. Bastantes parejas, algunas recién casadas, otras ya con historias largas a la espalda. Un par de filas más atrás, estudiantes con uniforme —¿europeos aprendiendo chino?, ¿viaje de fin de curso?—. Y algunos perfiles que claramente viajan por negocios, con el portátil aún encendido, varados en un Excel y no en la última entrega de Misión Imposible.

Vistos por separado, no los emparejarías. Pero comparten vuelo, destino y —aunque no lo sepan— probablemente también agencia. Y ahí es donde uno se da cuenta de que Pekín no es un destino para un único tipo de viajero. Es una puerta de entrada abierta a muchos perfiles.

La megafonía anuncia que estamos a punto de aterrizar. Lo que hasta ahora era solo una larga espera, se convierte en evidencia inminente. Se recogen bandejas. Se suben respaldos. Las miradas se cruzan con ese brillo del que sabe que está a punto de llegar.

Miro por última vez las filas con las que he compartido este vuelo. Y sí. Si anoche cabía alguna duda, hoy ya no la hay: el viaje va a merecer la pena.

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Aeropuerto Internacional de Pekín-Capital

Por fin el finger se acopla al fuselaje. Las puertas del avión se abren y esa brisa estática de la terminal —que no es ni aire libre ni aire acondicionado— nos recibe con la promesa de que Pekín está a unos pasos de hacerse real.

Mientras avanzamos por el túnel, la mente hace su propio desembarque. Pienso en lo que nos espera: 22 millones de habitantes, la segunda ciudad más poblada del país, capital política y administrativa de una potencia como China. Una ciudad que, de norte a sur, mide más de 160 kilómetros, y de este a oeste, 170. Para entenderlo mejor: una urbe 1,5 veces mayor que toda la Comunidad Valenciana.

Y con eso en mente, uno no puede evitar mirar a su alrededor y preguntarse: ¿Estamos preparados para lo que viene?

Llegamos al Aeropuerto Internacional de Pekín-Capital. Por lógica, por tráfico, por escala, uno espera caos. La típica espera infinita en pasillos saturados, terminales con idioma críptico y maletas que no aparecen. Mentalmente, uno se encomienda al santísimo —y a CATAI— para que todo fluya como debe.

Empezamos a andar. Un pasillo. Luego otro. Una sala más amplia. Una zona de tránsito… Pero aquí no hay carreras, ni gritos, ni empujones. La gente avanza. Fluye. ¿Nos habremos confundido de zona? ¿Esto es realmente el aeropuerto más transitado de Asia?

Y entonces, sin previo aviso, sin sobresaltos ni instrucciones ruidosas, llegamos al control de pasaportes.

Esperábamos una espera. Y lo que encontramos fue eficiencia silenciosa.

En pocos minutos, los trámites están hechos. Subimos a una lanzadera que nos lleva al área de recogida de equipaje. Y allí, casi como un milagro logístico, todas las maletas aparecen. Ni una extraviada. Ni una duda. En menos de 15 minutos estamos listos.

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Nos esperan en la salida las dos personas que nos acompañarán durante nuestra estancia en Pekín. Rostros amables. Cartelería impecable con el logo de CATAI y la imagen de portada del folleto. Un primer saludo en español, con ese acento del otro lado del mundo que ya empieza a sonar familiar.

Subimos al autobús, perfectamente aparcado a escasos metros de la puerta. Nada de caminatas innecesarias ni contratiempos de último minuto, que tras un trayecto como el que llevamos, se agradece.

Comenzamos los 32 kilómetros que nos separan del centro de la ciudad, donde nos espera nuestro hotel: el Crowne Plaza Wangfujing, el que será nuestro hogar en estos primeros días. Y lo pienso, en silencio:

Si la entrada a un país dice mucho sobre lo que vas a vivir… China acaba de darnos una primera lección.

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Camino al hotel

En la salida nos esperan Marco y Bambú, los dos representantes chinos de CATAI que nos acompañarán durante nuestra estancia en Pekín. Son sus nombres “occidentales”, como suele decirse, pero basta una primera conversación para notar que no son meros intérpretes ni guías al uso.

Bambú, licenciada en Filología Hispánica, y Marco, también con experiencia en España, no solo dominan el idioma: dominan nuestros códigos. Y eso, en un destino como este, marca la diferencia. Porque cuando uno aterriza después de doce horas de vuelo, lo que necesita no es solo que le cuenten lo que va a ver. Lo que necesita es sentirse entendido, percibir que quien le habla ha vivido como él, ha sentido como él, y sabe exactamente cómo ayudarle a disfrutar al máximo de lo que viene.

Y ellos, desde el primer minuto, conectan. Hablan con ritmo, con intención, con calidez. Y lo más importante: logran que nos interese lo que cuentan, incluso a los que no hemos dormido más de tres horas y podríamos quedarnos dormidos con solo apoyar la cabeza.

El trayecto hasta el hotel —unos 45 minutos— nos da también las primeras pinceladas reales de Pekín. Empezamos a adentrarnos en los cinco anillos que delimitan el área metropolitana, y aunque el volumen de vehículos crece a medida que nos acercamos al centro, no hay caos. Alguien comenta que es porque ahora casi todos los coches en China son eléctricos. Puede ser. Pero lo que realmente impresiona es que no se oye ni un claxon. Silencio en la ciudad más grande que hemos pisado jamás. Y eso, en Asia, ya es mucho decir.

Llegamos al Crowne Plaza Wangfujing y el check-in es digno de un equipo de Fórmula 1. En menos de diez minutos, todo el grupo está repartido por sus habitaciones. Un par de horas para descansar, ducharse y, sobre todo, prepararse. Porque esta tarde empieza nuestra primera toma de contacto real con la ciudad.

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️ Primer paseo: Wangfujing — Entre el Manhattan de 2025 y el Pekín de 1980

Poco después de las cinco de la tarde, nos recogen en el hotel. El aire acondicionado del autobús se agradece: el calor seco de Pekín no perdona, pero tampoco impide. En apenas diez minutos, estamos ya en Wangfujing, la calle más comercial, vibrante y —para muchos— fotogénica de la ciudad.

Basta un primer vistazo para entender a esas viajeras que imaginamos horas antes en el avión: amigas de compras, con ganas de callejear entre escaparates y descubrir. Este es su lugar. Y no se han equivocado. Todas las avenidas de la zona están repletas de locales fastuosos. No hay marca, oriental u occidental, que no compita en espacio, dimensiones y espectacularidad. Aquí están todas. Incluida nuestra irremplazable Zara, por supuesto.

Para quienes buscan un viaje con tiempo para compras, sin renunciar a lo auténtico, Wangfujing es una parada obligada. Y un argumento de venta que no siempre se menciona… pero debería.

Sin embargo, lo más sorprendente no está en la superficie. Entramos en uno de los centros comerciales de la zona y, bajando hasta el segundo sótano, descubrimos un Pekín que parecía olvidado… pero no lo está.

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Se llama He Ping Guo Ju. Y es un micromundo que parece haberse quedado atrapado en los años 80. Pasillos estrechos. Baldosas blancas. Luces fluorescentes. Letreros con tipografías antiguas. Tiendas minúsculas de electrodomésticos, relojes, tejidos, perfumes de otra época. Un Pekín sin filtros. Sin narrativa turística. Y lleno de verdad.

Sí, incluso en este tercer subsuelo hay turistas. Pero aquí además de hacerse selfies, podemos observar otro ritmo, otro lenguaje, otra estética. Y es fascinante mirar a esa china de hace únicamente unas décadas.

De esta visita podemos extraer dos lecciones, que ninguna de ellas pueden pasarnos desapercibidas.

La primera: la velocidad a la que ha evolucionado este país es tan vertiginosa que impresiona. Quien vea lo que era Pekín hace cuatro décadas y lo compare con lo que es hoy, entenderá que «los chinos nos comen» no es solo una expresión hecha. Es una hoja de ruta. Y van a por todas.

La segunda, y quizá más reveladora aún: a pesar de ese progreso, no han renunciado a su pasado. No lo ocultan. No lo ridiculizan. Lo muestran con orgullo. Tanto su historia ancestral como sus orígenes más modestos forman parte del relato. Y eso se nota, se siente… y mañana, sin ir más lejos, lo vamos a recorrer paso a paso.

Marco —nuestro guía— nos advierte con una media sonrisa:

“Id descansados. Mañana os esperan más de 15.000 pasos.”

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️ Cena de bienvenida — Entre pato, tecnología y planes para mañana

Después de este primer callejeo —y alguna que otra compra temprana— nos dirigimos a uno de los restaurantes más reconocidos de la zona para probar el que dicen es uno de los mejores patos laqueados de Pekín. Primera cena formal del grupo. Esta vez no en los asientos alineados del avión, sino alrededor de una gran mesa redonda, donde empiezan las conversaciones que marcan el tono de un viaje.

Y sí, el pato estuvo a la altura de su fama. Pero también lo estuvieron los demás platos y platillos: verduras salteadas, carnes en su punto, mariscos bien tratados, todo dispuesto con esa generosidad de sabor que China ofrece cuando se le da confianza.

Al final de la cena, nos animamos a poner a prueba a CAT-AI, la nueva inteligencia artificial que ha incorporado CATAI como asistente de viaje para clientes. Responde en español de forma muy empática, y cumple con creces las veces de un asistente en destino, y hay que reconocerlo: aguantó bien el tipo. Supo guiarnos, indicar direcciones, resolver dudas y hasta darnos una predicción del tiempo y vestimenta a utilizar mañana.

Y así, entre buenos sabores y tecnología útil, cerramos nuestro primer día completo en China.

El segundo del viaje. El primero de muchos recuerdos.

Hoy no ha habido grandes templos ni rutas oficiales. Y sin embargo, algo ha cambiado. Ya no estamos viajando hacia China. Estamos viajando por dentro de ella.

Bitácora China – Día 4

Entre la épica y el turismo – La Gran Muralla — Un día que se queda para siempre

El día tiene un propósito claro: conquistar una de las siete maravillas del mundo. Para algunos miembros del grupo, ávidos de sellos y horizontes, caminar por esta obra colosal supone completar la lista entera de las maravillas modernas. Para otros (los menos), es apenas el primer paso. El inicio de una travesía personal entre esos “lugares imperdibles” que definen nuestra época.

Pero tanto si es la primera como la última, la Muralla tiene algo que va más allá del recuento. Sabemos —todos— que este es uno de esos días que se quedan grabados, que se cuentan, que se celebran. Porque sí: China es destino de compras, es cultura milenaria, es espiritualidad en clave imperial. Pero hoy… hoy lo que toca es una maravilla. Y no en sentido figurado. Sino en el estricto, rotundo y oficial de la palabra. Una entre muy pocas, exactamente siete.

Cuando salimos del hotel, el aire ya pesa. El calor aprieta sin pudor, como advirtiéndonos que lo que viene no será fácil, aunque sí inolvidable. Pero hoy hay que ganarse el recuerdo y eso empieza por un relativamente largo desplazamiento.

Desde Pekín, el trayecto por carretera nos saca del gris del cemento para envolvernos en un verde manto que nos acerca a nuestro próximo objetivo. Atrás quedan las fachadas, el tráfico, los rascacielos. Delante, una carretera que sube y baja, curva a curva, el mundo se pliega: aparecen valles, se alzan montañas, y el silencio toma el mando.

Poco a poco vamos ascendiendo entre montañas y mientras ascendemos, algo en el interior también empieza a elevarse: Expectativa. Respiración. Paisaje.

Porque aunque aún no la vemos… la intuimos. La Gran Muralla no tiene una entrada grandilocuente ni un acceso escénico. No es una postal, sino una presencia. Y esa es su mayor virtud: cuando te acercas, no sabes si falta mucho o poco. Porque la Muralla no se encuentra. Se extiende.

Son más de 21.000 kilómetros de recorrido según los últimos estudios realizados por Patrimonio Cultural de China. Kilometros de piedra, ganados a la montaña y es imposible olvidarse, hechos sobre todo de esfuerzo humano. Un dragón dormido que se desenrolla por las crestas del norte de China, y cuya silueta aparece y desaparece según los caprichos del horizonte.

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El autobús nos deja a poca distancia de un teleférico. Un remonte que nos llevará a pocos metros de la muralla. Pero alcanzar este transporte ya tiene su miga. Desde donde nos deja el autobús, hasta el punto de embarque hay poco más de un kilómetro. Suave inclinación al principio, pero con tramos finales que ya hacen sudar.

Es, digamos, el precalentamiento imperial. Una especie de filtro natural para ver cómo anda el cardio del grupo. Y también —por qué no— para darnos la primera satisfacción: cada paso que damos ya es parte de la conquista y nos acerca un poco más a nuestra objetivo.

Desde la base, mirar hacia arriba impone. No por vértigo. Por respeto y expectativas de alcanzar algo que no todo el mundo consigue.

Porque ahí, justo ahí, empieza uno de esos lugares que se quedan grabados para siempre en tu retina.

Abordar la muralla y luego descender de ella tiene múltiples formas, según el viajero, según el tiempo que dispongas y según el desgaste que te puedas permitir, por lo que el acceso a esta maravilla que es la gran muralla es accesible a todos los públicos .

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Ascenso entre arboles frondosos, exuberante vegetación y asombro Subimos al teleférico. En pequeños grupos para llenar esos huevos acristalados únicamente asidos por un brazo en el techo, todos sentados y con la vista puesta en un bosque cerrado, denso, como si la montaña quisiera protegernos y amortiguarnos en caso de percance.

El ascenso es más rápido de lo esperado y algún grito sordo se escapa dentro de estos miradores de cristal, a medida que ganamos altura, los árboles van quedando abajo y el paisaje se abre, como si supiera que ya estamos listos para mirar.

Y entonces ocurre. Entre el verde intenso, aparece la Muralla. Primero es una línea. Luego un trazo. Después, una presencia que corta las montañas con una naturalidad tan brutal que parece que la naturaleza la hubiera querido así desde el principio. Se ve, se estira, se curva. Como una columna vertebral de piedra en lo alto del mundo.

Arriba, descendemos del telesilla y ya no hay dudas: estamos a los pies de la Muralla. No hay pasarela escénica, ni música épica. Solo piedra. Aire. Y una escalera de 10 metros casi vertical que da acceso a la muralla entre dos torres de vigilancia.

La emoción no es de llegar. Es de empezar. Porque ahora sí, vamos a caminar sobre una de las siete maravillas del mundo. Y aunque solo recorramos un fragmento minúsculo, ya será parte de nosotros.

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Ahora toca inmortalizar el momento. Foto de grupo, recuerdo que se siente, se sabe y que perdurará más allá de este fantástico regalo que hemos recibido de CATAI.

Tras ese momento inmortalizado en el gris, áspero y pétreo escenario, toca decidir de forma individual el vínculo que deseamos forjar cada uno con la gran muralla.

Unos se irán hacia el norte, marcándose como objetivo alcanzar la cuarta torre que se dibuja en lo alto de la montaña, otros harán un tramo más corto, pero que les ofrecerá otras impresionantes vistas del otro lado de la loma y otros se limitarán a contemplar desde el punto desde donde accedimos, el imponente paisaje que ofrece Mu Tianyu, la zona de la muralla que nuestro fantástico equipo de CATAI China seleccionó para disfrutar de esta maravilla.

Porque visitar la Muralla no es una postal: es una subida. Un paso tras otro. Cada escalón distinto al anterior. Cada torre, una recompensa. Se siente el sol. Se siente el sudor. Pero también se siente —y mucho— que estás haciendo algo que no se olvida.

Los perfiles de los viajeros que la recorren lo dicen todo: seniors con bastones y determinación, jóvenes que compiten por la mejor foto, grupos de amigos que van en silencio, como si el lugar les pidiera respeto. Y lo hace. Porque lo merece.

Si hay un lugar en China que ningún tipo de viajero debería perderse, es este. Cultural, histórico, fotográfico, emocional. Pocas veces un destino ofrece tanto con tan solo estar allí.

Y si una agencia de viajes quiere asegurar que su cliente vuelva agradecido, la Muralla es el mejor punto de partida.

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Turismo rural en China — Cuando el campo también sabe contar historias

Después de la ascensión a la Muralla —con los gemelos tensos y la cámara repleta de recuerdos—, nos dirigimos a una pequeña localidad situada a escasos minutos del acceso principal de Mutianyu. A simple vista, el pueblo no parece buscar protagonismo: casas bajas, huertas ordenadas, calles tranquilas. Pero justo ahí reside su fuerza: en cómo ha sabido convivir con una de las siete maravillas del mundo sin renunciar a su identidad.

Durante décadas, el sustento de la comunidad fue la agricultura. Y una fábrica de ladrillos, como tantas otras en la China del siglo XX. Hoy, esa antigua fábrica ha sido transformada en un complejo de turismo rural elegante, funcional, perfectamente integrado en el entorno. Sin alardes. Sin desentonar. Solo respetando lo que ya estaba.

Almorzamos en el restaurante del Mutianyu Great Wall, uno de los mejores ejemplos de este nuevo fenómeno emergente: el turismo rural de calidad. Con solo 25 habitaciones y suites, muchas con vistas directas a la Muralla, además de casas de vacaciones, jacuzzi exterior, spa y un restaurante de cocina casera excepcional, este espacio demuestra que China también sabe mimar lo pequeño, lo local, lo auténtico.

Durante la comida —reparadora y frugal—, surgen anécdotas del ascenso, comentarios sobre las fotos, silencios de esos que dejan pasos a los recuerdos como medallas. Y es que no todos los días uno pisa la Gran Muralla China. Cada uno la ha vivido a su manera, pero todos coincidimos en algo: hay días que no se olvidan.

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Lo interesante es que este modelo de alojamiento —que fusiona historia industrial, entorno rural y gastronomía con vistas— no solo funciona para el cliente chino que busca huir del asfalto. También es una opción excelente para el viajero europeo que quiere algo más que grandes ciudades. Una forma de combinar lo monumental con lo íntimo. De mostrar una China distinta.

Y eso, como agentes de viajes, es una oportunidad valiosa: ofrecer productos que no solo venden, sino que fidelizan.

Porque vender experiencias que emocionan es sembrar confianza para el siguiente viaje.

Tras la comida, retomamos el camino de vuelta a Pekín. El cansancio ya se nota. El cuerpo, satisfecho y vencido, agradece las casi dos horas de trayecto en carretera. El autobús avanza en silencio. Unos rememoran, otros duermen. Se respira ese tipo de pausa que solo deja lo vivido con intensidad.

A unos 30 kilómetros del centro, hacemos nuestra última gran parada del día. Aún queda una joya por descubrir: El Palacio de Verano.

Y como viene ocurriendo desde que aterrizamos… China aún no ha dejado de sorprendernos.

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Palacio de Verano — Donde el poder aprendió a respirar

23 de junio de 2025 — A orillas del lago Kunming

Tras la épica de la Muralla y el almuerzo en plena China rural, llega la última parada del día. Y, como todo en este viaje, no es menor.

Entramos en el Palacio de Verano, un inmenso complejo imperial a orillas del lago Kunming, donde la naturaleza y la arquitectura no se enfrentan: se complementan. Fue el retiro de verano de los emperadores, el lugar donde el poder buscaba contemplación sin renunciar a su propio reflejo.

Este conjunto, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se alza como una coreografía perfecta entre pabellones, jardines, templos y agua. El origen se remonta a 1750, cuando el emperador Qianlong lo mandó construir como homenaje a su madre. Más tarde, fue la emperatriz Cixi, abuela del último emperador, quien ordenó su reconstrucción tras la Segunda Guerra del Opio.

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El alma de este espacio es el lago Kunming, un lago artificial que ocupa tres cuartas partes del recinto. Se dice que fue moldeado para recrear las leyendas taoístas de las montañas inmortales y que el emperador podía navegar desde la Ciudad Prohibida hasta este lugar. Hoy, en su superficie, se reflejan barcas, puentes, sauces y el paso lento de quienes pasean buscando sombra o belleza.

Nada más cruzar el pailou (arco ceremonial decorado con colores vivos y caracteres dorados), comprendemos que estamos en un lugar donde el símbolo pesa tanto como la piedra. A lo lejos, sobre la Colina de la Longevidad, se distingue el Pabellón de la Fragancia de Buda, vigilante, casi levitando sobre la vegetación. Una estampa digna de portada.

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Las dependencias del emperador, como el Salón de Benevolencia y Longevidad, eran usadas para recibir ministros y altos cargos en verano. Más discretas pero no menos refinadas eran las habitaciones del Pabellón del Placer Armónico, rodeadas de jardines privados y caminos cubiertos.

La emperatriz —especialmente Cixi— tenía su propio espacio en la Residencia de la Pureza y la Armonía: más apartada, más silenciosa, más espiritual. Allí vivía, meditaba y mandaba.

Las concubinas ocupaban pabellones en patios secundarios, decorados con motivos lunares y florales. En estos espacios la jerarquía era ley, y el acceso al poder, un privilegio que se ganaba paso a paso.

Nos cruzamos con leones de bronce (como la leona que protege a su cría), tortugas-dragón que guardan los salones imperiales y estatuas que parecen contener siglos de sabiduría bajo su pátina.

La foto de grupo bajo el arco, con la imagen de CATAI al frente, inmortaliza la emoción compartida. No es solo una parada más. Es uno de esos momentos que se recuerdan más por la emoción que por los datos.

Para el agente de viajes

El Palacio de Verano es una joya fácil de vender… pero difícil de explicar. Porque no es solo historia. Ni solo paisaje. Ni solo arquitectura.

Es un lugar que invita a quedarse, aunque sea solo con la mirada. Y eso, en un itinerario, es oro.

Ideal para viajeros estéticos, contemplativos, románticos o simplemente sensibles al equilibrio. Y una excusa perfecta para mostrar que China también sabe bajar el volumen. Que también ofrece belleza serena.

Últimas luces en Pekín — Y un brindis merecido

Ya cae la tarde. El aire no refresca —Pekín se despide como ha vivido: intensa, firme, imponente—. Y mientras el autobús nos devuelve al hotel que ha sido nuestro cuartel general durante estos días, el cuerpo se entrega al cansancio… pero la cabeza no desconecta. No puede.

Hay una mezcla rara y poderosa que solo aparece al final de los días grandes: agotamiento pleno y plenitud serena. Esa sensación que no se cuenta, se queda. Y que si alguien te pregunta cómo fue, solo puedes responder: tienes que vivirlo.

Una ducha rápida. Una cena tranquila. Esta noche no necesitamos sorpresas, solo confort. El hotel, que nos ha cuidado con precisión suiza y calidez oriental, nos recibe con esa familiaridad que solo dan los lugares que has aprendido a llamar «casa», aunque sea por unos días.

Y, como buenos españoles, cerramos la jornada como debe ser: con una copa. No por sed, sino por costumbre emocional. Nos reunimos en torno a una mesa, levantamos los vasos y brindamos. Por el grupo. Por Pekín. Por lo vivido. Y por lo que vendrá.

Porque mañana cambia el escenario. Decimos adiós a la capital y nos abrimos a nuevas geografías, nuevas costumbres, nuevos acentos.

Próxima parada: Hangzhou. Dicen que llueve. Perfecto. La mejor manera de empaparse —literalmente— de otra cara de China.

Bitácora China – Día 5

En tránsito,… pero no en pausa – Orgullosos de lo nuestro: Lo importante es que no se pierda el tapón

Hoy, cuando ha sonado el despertador, hemos dejado atrás algo más que un hotel o una ciudad. Hemos cerrado —con cierta nostalgia y mucha gratitud— la puerta de lo que han sido tres días apoteósicos en la capital de China.

Pekín se ha ganado su sitio en nuestra memoria y, para muchos, también en el corazón.

En apenas unas jornadas nos ha permitido caminar por siglos de historia, explorar símbolos del poder, sumergirnos en espiritualidades milenarias, dejarnos seducir por su lado más moderno y hasta descubrir un Pekín rural que no suele salir en los folletos.

Todo eso, en un único destino. Y todo eso, bien contado y vivido, se traduce en algo que cualquier agente de viajes reconoce: un cliente satisfecho… y fidelizado.

Pero si algo estamos aprendiendo en este viaje es que la autenticidad también se esconde en los tránsitos.

Y la verdad —porque esta bitácora va de contar las cosas como son— es que hoy, este Día 5, no lo esperamos con la intensidad emocional de los días anteriores. Ni con el deslumbramiento que —seguro— nos traerán las próximas etapas, como ese skyline de Shanghái que ya empieza a asomar en nuestras conversaciones.

Este martes es una etapa de transición. Un paréntesis entre dos capítulos potentes. Pero como todo paréntesis bien organizado, tiene su valor.

Porque el trayecto une. Y porque cada jornada compartida fortalece este grupo, que ya no es solo un conjunto de compañeros de viaje… sino algo parecido a una familia.

Una familia que se ríe, que se espera, que se cuenta cosas. Y que empieza a mirar a China no como un simple destino, sino como una historia que también le pertenece.

Hoy no hay urgencias. Solo ganas de disfrutar. De estar. De dejarnos llevar.

Y eso, en un viaje como este… también es un regalo.

Hablando de regalos… La mañana la vamos a dedicar a una afición universal —aunque no siempre confesada—: Hoy toca jornada de compras.

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Mercado de la Seda — Compras, encargos y entrenamientos para Shanghái 24 de junio de 2025 — A golpe de regateo (y risas)

La mañana de este Día 5 se ha reservado a una actividad que, aunque a veces se infravalora, es casi tan icónica como cualquier visita cultural: ir de compras.

El Mercado de la Seda (Silk Market) está situado en pleno distrito de Chaoyang, no muy lejos del centro financiero de Pekín. Lo que hace no muchos años era una hilera de tenderetes informales —repletos de imitaciones, ruido y regateos teatrales—, se ha convertido hoy en un centro comercial de varios pisos, climatizado, moderno y sorprendentemente bien organizado… para ser el epicentro del caos comercial de la ciudad.

Son seis plantas repletas de puestos donde se vende de todo: ropa, electrónica, complementos, piel, maletas, gafas, souvenirs, té, perlas, juguetes y hasta trajes a medida. Una mezcla entre mercado tradicional, duty free asiático y bazar refinado donde la máxima es clara: «aquí el que no encuentra, es porque no busca».

Como era de esperar, cada uno del grupo tenía su propio objetivo: unos con encargos concretos (“mi hijo quiere una camiseta de la marca Stussy”), otros a la caza del capricho inesperado, y varios… como verdaderos emisarios del barrio: convertidos en AliExpress humano al servicio de familiares, amigos y vecinos que aprovecharon nuestro viaje para lanzar pedidos como si estuviéramos en el almacén central de Amazon Pekín.

Entre las múltiples opciones, hay una sección que siempre genera debate: la de las imitaciones. Relojes que se parecen mucho, zapatillas con logo sospechosamente familiar, bolsos que no pasarían una inspección de aduanas muy rigurosa… Aquí están. Y quien quiera, sabe lo que busca.

Pero también hay espacio para lo funcional, para lo útil y para lo curioso. Como las ópticas del mercado, capaces de fabricarte unas gafas de vista completas en menos de 30 minutos. Con prueba de dioptrías incluida y, por supuesto, a precios que hacen que el ticket medio en España parezca una broma. Y sí, algunos cayeron en la tentación —y en la conveniencia— de salir de allí con visión mejorada y cartera más aliviada.

Lo mejor del día llegó sin buscarlo: una notificación nos informa de que nuestro vuelo a Hangzhou se retrasa dos horas. Y lo que a veces se vive como una molestia, aquí se convirtió en el mensaje que muchos esperaban: “Tiempo extra para seguir comprando.”

Porque más allá de los precios o de los productos, lo que se vive en este tipo de mercados es un ritual: observar, negociar, sonreír, aceptar o declinar. Y para los que ya piensan en Shanghái como el próximo gran reto comercial, esto ha sido un calentamiento de lujo.

En el Mercado de la Seda no se viene a encontrar gangas imposibles. Se viene a entrenar el ojo, a cumplir encargos, a vivir el pulso de una ciudad desde sus pasillos comerciales.

Y también, por qué no decirlo, a reírnos juntos cuando alguien descubre que podía haber pagado un poco menos… pero decide tomárselo con deportividad.

Salimos hacia el aeropuerto con las bolsas llenas…y las carteras, casi intactas.

Mientras nos reorganizamos entre maletas nuevas, souvenirs por encargo y alguna que otra ganga de última hora, alguien deja caer en voz alta lo que todos pensamos: los chinos también son grandes negociadores. Y no solo eso. También atienden, fabrican, sirven, venden… y muchas veces incluso te ofrecen lo que aún no sabías que querías.

Aquí el servicio no es una categoría profesional. Es una forma de estar. De resolver. De adelantarse. Y no lo decimos como tópico amable. Lo hemos visto. En cada tienda, en cada mostrador, en cada comida.

No, no estamos cayendo en una especie de síndrome de Estocolmo con el país. Es más bien una mezcla de admiración práctica, de reconocimiento con los pies en el suelo. Porque estamos hablando de una civilización que lleva miles de años construyendo historia, que cuenta con una arquitectura colosal, una espiritualidad que cala y una capacidad tecnológica que no deja de sorprender. Y encima, además de fabricar y distribuir, también venden. Y en muchos casos, mejor que nadie.

Quizá, solo quizá, los “engañados como a chinos” del cuento no sean ellos… sino el resto.

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Basta ver en qué avión embarcamos: un Boeing 330-300 de Air China, trescientos asientos, todos ocupados. Para un vuelo doméstico. Hacia una ciudad que, hasta hace unas horas, muchos solo conocíamos por su lago Patrimonio de la Humanidad y por un templo tallado en piedra con más de 400 budas.

Solo por eso.

O eso creíamos.

¿Y si resulta que este destino intermedio esconde mucho más? Lo sabremos en cuanto toquemos tierra..

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Ya ha anochecido cuando el avión de Air China toca tierra en el Aeropuerto Internacional de Hangzhou Xiaoshan. Desembarcamos por la Terminal 4, una instalación de última generación que, con sus volúmenes ondulados y diseño inspirado en los pétalos de loto, marca desde el primer momento una diferencia. Inaugurada con motivo de los Juegos Asiáticos de 2023, parece más un pabellón de exposición universal que un aeropuerto convencional. Y sin embargo, esto es solo la antesala.

Subimos al autobús. Tenemos por delante poco más de veinte kilómetros hasta nuestro hotel. Pero lo que parecía un simple trayecto se transforma, inesperadamente, en una clase magistral de urbanismo futurista. Porque Hangzhou no nos da la bienvenida con paisajes ni con folklore. Nos recibe con una inesperada declaración de intenciones.

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A ambos lados de la carretera, se suceden torres altísimas y perfectamente alineadas, todas iluminadas con una coreografía de luces que alterna tonos dorados, azules, blancos y púrpuras. Algunas tienen pantallas integradas en sus fachadas. Otras, geometrías imposibles. Y entre todas, destaca la enorme esfera dorada que identifica al Intercontinental Hangzhou, uno de los edificios más icónicos de la ciudad por su forma solar y su estética de ciencia ficción. Cerca de allí, en un entorno igual de vanguardista, se alzan el Hangzhou International Expo Center, el Qianjiang New City CBD y otras estructuras que parecen sacadas de un render arquitectónico más que de una fotografía real.

Todo este distrito ha sido diseñado en las dos últimas décadas como una nueva zona financiera y tecnológica, y lo que vemos no es una ilusión: es una megalópolis funcional, viva y rabiosamente moderna.

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Aquí están las oficinas centrales de Alibaba, el gigante del e-commerce que rivaliza con Amazon. Aquí se aloja DeepSeek, la inteligencia artificial que ha puesto contra las cuerdas a sus homólogas occidentales con una inversión ridículamente inferior. Aquí también se encuentran las sedes de Ant Group, Geely, ByteDance, NetEase… y una legión de empresas que convierten a Hangzhou en algo mucho más serio que un destino turístico.

Esta ciudad —a medio camino entre Pekín y Shanghái— no compite. Avanza. No grita. Produce. Y en silencio, casi sin quererlo, ha convertido sus avenidas en laboratorios del futuro.

¿Y nosotros? Callados, pero no podemos cerrar la boca – de asombro -.

Porque lo que estamos viendo y viviendo no lo esperábamos. Y eso lo hace aún más potente.

Tras cruzar puentes elevados, túneles iluminados y avenidas que podrían ser platós de una película ambientada en 2080, llegamos por fin al Grand Hyatt Hangzhou, nuestro alojamiento. Situado a orillas del famoso Lago del Oeste, es noche cerrada, pero se intuye una panorámica insólita: al fondo, la calma lírica de las aguas y, hacia el otro lado, el vértigo vertical de una ciudad en pleno ascenso.

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Después de todo lo que hemos visto, no podemos evitar el pensar con cierta ironía “que el famoso lago no sea también otro espectáculo, esta vez natural. Porque si el paisaje que nos espera mañana tiene la mitad del impacto que ha tenido esta llegada nocturna… entonces sí, tendremos que revisar todo lo que creíamos saber de Hangzhou.

Algunos salen a curiosear por los paseos del borde del lago, donde todavía laten algunos puestos callejeros. Otros nos retiramos pronto, con la cabeza llena de luces y preguntas.

Esta noche no nos duelen los pies. Nos duele y emociona a partes igual la vista.

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Porque la ciudad que venía en el programa con un lago, un templo y una plantación de té… nos ha abofeteado con un skyline que no se borra.

Y mientras cerramos los ojos, mentalmente murmuramos —medio en broma, medio en serio— esa frase que empieza a volverse recurrente:

“Se nos comen. Los chinos se nos comen.”

Y sí. Quizás a la frase no le falte al final razón. Porque mientras nosotros diseñamos sistemas para que el tapón no se pierda de la botella, aquí ya están diseñando el mundo del que beberemos en los próximos veinte años.

Al final creo que Hangzhou no era el punto de descanso. Era el epicentro. Y aún no habíamos visto el lago.

Mañana lo veremos con la luz del día. Pero esta noche… ya no podremos dormir igual.

 

Bitácora China – Día 6

Hangzhou parte II – Frente al espejo del agua — Otro día más para recordar…

Despertamos con la sensación de haber asistido anoche, sin esperarlo, a la première inmersiva de una nueva versión de TRON. Un recibimiento visual tan apabullante, tan inesperado, que aún flotaba en nuestras retinas al abrir los ojos. Y claro, como buenos españoles, antes de dejarnos llevar por la admiración total, nos propusimos ver si al menos lo del famoso lago no era para tanto. Esa forma tan nuestra de subirnos un poco la moral buscando la paja en el ojo ajeno… aunque sepamos que no la vamos a encontrar.

Estamos en el Gran Hyatt Hangzhou, un cinco estrellas con vistas directas al Lago del Oeste, y tiramos despacio de las cortinas como quien abre el telón de un teatro. Al otro lado, otro espectáculo. Distinto, pero igual de impactante.

Ante nosotros, las más de 560 hectáreas de agua del West Lake, envueltas en una ligera bruma que baila entre islotes, pagodas y colinas suaves. Un paisaje suspendido entre lo real y lo pintado, donde los sauces se inclinan con elegancia y el silencio parece hablar. La UNESCO lo declaró Patrimonio Mundial no por su grandiosidad, sino por su armonía. Y aquí, en este instante, la belleza se impone sin estridencias, como quien no necesita demostrar nada.

No sabemos aún si el día será intenso o pausado. Solo intuimos que va a ser otro viaje dentro del viaje. Un cambio de ritmo. Un reencuentro con lo esencial. Y justo después del desayuno, el programa nos lleva a un lugar cuyo nombre ya lo dice todo: el Templo del Alma Escondida. Un nombre que, después de esta mañana, empieza a tener aún más sentido.

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Templo del Alma Escondida: fe, piedra y silencio entre la multitud

Llegamos a las puertas del parque del Lingyin Temple —el Templo del Alma Escondida— poco después de las ocho de la mañana. A esa hora, el aparcamiento ya rebosa de actividad: familias, grupos organizados, visitantes individuales… parece que media región ha tenido la misma idea que nosotros. Y hay una razón para ello: hoy es el primer día del mes según el calendario lunar chino, y eso —nos explican— es como un domingo de misa en la España de los años 60, pero a lo grande.

El volumen de personas podría hacernos temer un acceso caótico, un parque saturado o un bullicio desbordado que rompiera con el espíritu de recogimiento que se le presupone a un templo budista. Pero no. No es eso lo que ocurre.

Porque incluso en la muchedumbre, aquí se camina con respeto. Se habla en voz baja. Se observa. Se escucha. Y los coches que los han traído hasta aquí, en su gran mayoría eléctricos —China superará este año el 40% del parque automovilístico nacional con propulsión eléctrica o híbrida— no han dejado más huella sonora que un leve murmullo de fondo que pronto se disuelve entre la vegetación.

Avanzamos por los senderos del parque, y el rumor del agua entre piedras acompaña los primeros pasos. El Feilai Feng —“el pico volador”— nos da la bienvenida: una montaña de piedra caliza envuelta en vegetación y misterio que guarda, en sus entrañas y paredes, una de las colecciones más sobrecogedoras de estatuas budistas de toda China.

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Más de 340 esculturas talladas directamente en la roca. Algunas minúsculas. Otras imponentes. Muchas de ellas, intactas desde hace más de mil años: las primeras datan del siglo X, en tiempos de las dinastías Wu y Song del Sur. A cada paso, un nuevo rostro nos observa. A cada curva, otro gesto de serenidad, otro mudra, otra historia esculpida.

Recorremos el sendero principal mientras una suave bruma envuelve los contornos de los árboles. La humedad es alta, pero no incómoda. Todo el entorno parece diseñado para frenar el ritmo del visitante y sumergirlo en una experiencia sensorial completa. Aquí no solo se viene a ver. Se viene a sentir.

Al fondo, una figura singular detiene a todos por igual. Es el Buda Sonriente, el Budai, con su barriga generosa y expresión de gozo eterno. Tallado en una oquedad de la montaña, lleva ahí más de 700 años, y su gesto sigue provocando el mismo efecto: una sonrisa en quien lo observa. No es una obra cualquiera. Es uno de los iconos espirituales de Hangzhou. Y una joya artística en piedra viva.

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Todo el parque del Templo del Alma Escondida ocupa unas 87 hectáreas que se sienten infinitas cuando uno se adentra en sus recovecos. El musgo recubre los troncos, las flores silvestres salpican los senderos y en cada rincón parece esperarnos una sorpresa: esculturas escondidas entre la maleza, pequeños puentes de piedra sobre cursos de agua, esculturas creadas con maderas de raíces y troncos como el caballo y el dragón, que parece surgir de entre la arboleda… y por supuesto, la calma. Esa calma tan buscada por muchos y que aquí parece brotar sola.

Nuestra guía nos va introduciendo en los símbolos del lugar con una mezcla de rigor y simpatía. Y mientras la seguimos, nos damos cuenta de que, si en Pekín recorrimos siglos de historia imperial y política, aquí —en Hangzhou— estamos descendiendo a otra capa del alma china: la espiritualidad profunda, silenciosa e intacta.

El día acaba de empezar. Pero este lugar ya ha dejado huella. Y aún no hemos entrado en el templo.

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El sendero nos conduce entre bambús y humedad hacia el corazón espiritual del recinto. Si antes habíamos caminado entre raíces y Budas esculpidos en roca, ahora el entorno cambia de registro y se eleva, literalmente, en solemnidad. Entramos al complejo principal del Templo del Alma Escondida (Lingyin Si), uno de los templos budistas más antiguos y venerados de China, fundado en el año 326 durante la dinastía Jin del Este. Hoy es día 1 del mes lunar y eso, nos advierten, se nota. Se nota en la afluencia. Se nota en la energía. Y se nota en el incienso.

Antes de cruzar la primera puerta, cada uno de nosotros recibe tres varillas de incienso. Tres deseos, tres orientaciones, tres reverencias. Pero nada de pedir dinero rápido ni loterías imposibles. Aquí se desea salud, armonía, equilibrio… y si me apuras, incluso comprensión. El ritual es sencillo: se enciende el incienso, se saluda al Norte, al Sur, al Este y al Oeste, y se ofrece el pensamiento en silencio. El resultado, sin embargo, es sobrecogedor.

Porque mientras nuestros brazos se inclinan con respeto, lo que nos rodea es casi hipnótico: una sinfonía de humo y devoción que envuelve la gran explanada del templo, donde cientos de personas repiten el mismo gesto con una concentración que desarma. Es como si cada partícula de ceniza flotara cargada de una intención profunda.

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A cada paso, una imagen se impone: figuras doradas de Buda que se elevan en gigantescos altares con techumbres talladas y columnas rojizas, a menudo flanqueadas por estatuas menores que representan a sus discípulos, guardianes y deidades protectoras. Al entrar en la sala principal, la mirada asciende sin remedio hacia un Buda sentado de casi 20 metros de altura, en posición de enseñanza, con la mano alzada y una expresión serena que parece atravesarte.

En algunos rincones, el canto grave y rítmico de los monjes acompaña los rezos de los fieles. La escena es coral, envolvente, como si de pronto todo lo que no sea aquí y ahora se esfumara. Caminamos en silencio, respetuosos, pero también sobrecogidos por la dimensión simbólica y arquitectónica del lugar.

La madera, la piedra y el humo. Las velas encendidas, los cojines de oración, las frutas ofrecidas. Todo habla de permanencia. De siglos de creencias que, a diferencia de nuestras certezas europeas, no pretenden convencerte sino envolverte.

Salimos del templo con los pulmones impregnados de sándalo y la ropa perfumada de espiritualidad. Pero lo más curioso es que nadie comenta nada. A veces el silencio no es incómodo, es sencillamente necesario.

Y así, tras esa experiencia tan íntima como colectiva, volvemos al autobús para dirigirnos hacia Meijiawu, uno de los pueblos más importantes en la cultura del té en China. Y no es una frase hecha. Aquí, entre colinas suaves, brumas bajas y plantaciones que parecen brotar de acuarelas, el té Longjing (o “Pozo del Dragón”) se cultiva desde hace más de 1.200 años.

Nos espera una inmersión en el origen de una de las bebidas más influyentes del mundo. Pero también una forma de entender el tiempo, la conversación, el arte y la vida. Porque si hay un lugar en el planeta donde el té no solo se bebe sino que se honra, ese es este.

Y nosotros, por suerte, estamos a punto de comprobarlo.

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Experiencia inmersiva en Meijiawu: cosecha, ceremonia y sabor ancestral

Al llegar al pueblo, a unos 10 km del templo, nos reciben con una escena que parece sacada de otro tiempo. Los aperos para la recolección del té están dispuestos en fila: canastos de mimbre, gorros de paja y cestas tejidas, listos para que murmurando “a ja, a ja” nos mimeticemos con los jornaleros locales.

Nuestra guía, siempre sonriente, nos entrega los gorros de paja y nos equipa con capachos de mimbre. Nos explica con paciencia que la recolección es artesana y delicada, parecida a la vendimia de la vid: hay que pinzar solo las dos hojas jóvenes y el brote central para no dañar la planta y permitir que brote de nuevo en las siguientes semanas.

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El grupo, envuelto en este ritual, atraviesa las callejuelas empedradas del pueblo —paso tras paso damos forma a ese rito de recogida— mientras contemplamos las laderas de colinas sembradas de líneas perfectas de arbustos verdes. Al avanzar, la pendiente se acentúa y el valle se abre bajo nuestros pies: es un manto verde vibrante que se extiende sobre la falda de la montaña. Nos explica que la altitud, la orientación y la bruma de las mañanas crean el microclima ideal para variedades como el Longjing (té verde) y un té negro local.

De vuelta a la casa de nuestra anfitriona —que nos invita a llamar “Madame Li”— nos enseña la ceremonia del té. Hay una precisión en los gestos: calentar el gaiwan, comprobar la temperatura del agua, enjuagar la primera infusión. Se prepara té verde y té negro, y nosotros seguimos sus pasos, inclinándonos al servir, percibiendo notas florales, tostadas, dulces, casi místicas. Cada sorbo sabe a historia, a tradición, a oficio delicado y profundo.

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Nos exige atención: hay que saborear el té como se respeta el silencio tras un sollozo. El acto de beber, claro, es un rito solemne que nos conecta con una cultura tan arraigada como el aroma del azahar en primavera.

Con las tazas vacías y los sentidos serenos, nos despedimos de un entorno auténtico: una lección de paciencia, respeto y belleza artesanal. Ahora, expuestos nuevamente a pleno sol, emprendemos la marcha hacia el restaurante ubicado al lado del fantástico lago del oeste que será nuestra última visita en este increíble y para muchos de nosotros, desconocido Hanghzou.

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Después de la mañana entre budas y brotes de té, nos dirigimos hacia otro tipo de santuario. Pero esta vez, en lugar de incienso, el aroma que nos recibe es el del pescado frito, las setas morchella y un caldo humeante con albóndigas de ternera. El entorno es difícil de describir sin caer en la cursilería: un restaurante tradicional situado sobre pasarelas de madera en pleno Lago del Norte, con las aguas verdes del estanque reflejando una vegetación exuberante y carpas koi que desfilan como si fueran parte del servicio. No sabríamos decir si estamos en un restaurante o en el plató de una película de Zhang Yimou.

El comedor se ubica en un edificio de dos plantas con grandes ventanales y cortinas turquesa que contrastan con el gris de los muros y el verde de la naturaleza. Afuera, los puentes de madera que se entrecruzan sobre el agua están flanqueados por flores de loto en flor. Es uno de esos lugares en los que dan ganas de bajar la voz para no interrumpir al paisaje.

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La mesa, redonda como casi todas en China, nos espera con vajilla blanca, palillos, copas de cristal y una carta que ya anticipa que aquí se toma en serio lo de comer bien. El menú es una auténtica sinfonía gastronómica: comenzamos con rollitos de queso de soja con canela, abulón en pimienta roja, ensalada de verduras, filetes de pescado frito crujiente… y eso solo para abrir boca. Luego llegan los platos principales: carne de cerdo al estilo Dongpo (especialidad de Hangzhou), pollo de mendigo, gambas salteadas con té Longjing (sí, el mismo que acabamos de ver en los campos de Meijiawu), sopa de albóndigas de pescado con seta blanca, costillas de ternera en caldo maestro y calabaza gratinada con queso. Y como si no fuera suficiente, de postre un inesperado flan de queso y un dim sum con nombre de trabalenguas: Xiaolongbao.

Entre plato y plato, la conversación fluye, las risas se mezclan con las historias y el ambiente alcanza ese punto perfecto en el que uno piensa: “Esto es vivir”.

Pero entonces, justo cuando llega el postre y creemos que ya no puede pasar nada más, suenan unas alarmas. Literalmente -como dirían los modernos -. Desde los ventanales vemos salir humo por una de las esquinas del edificio. En cualquier otro país, el pánico se hubiera adueñado de la sala. Pero estamos en China, donde —como descubrimos después— hasta los simulacros de incendio parecen coreografías. Unas figuras con trajes reflectantes cruzan con calma los pasillos, los aspersores de humo artificial hacen su trabajo, y todos seguimos comiendo con una mezcla de desconcierto y fascinación. Alguien bromea: “¿Lo han montado para nosotros?”. Otro remata: “Esto lo pilla Steven King y le saca tres novelas”.

Y cuando finalmente vemos desfilar a los bomberos —no muy altos, delgados y bastante pálidos— camino de sus camiones, no podemos evitar soltar esa frase que, aunque exagerada, es muy nuestra: “Mira, por fin algo en lo que seguimos ganándoles. ¡Donde se ponga un bombero español…!” Risas, brindis con té, y de nuevo, vuelta al asombro.

Con el estómago agradecido y la cámara llena, ponemos rumbo al siguiente tramo de nuestra jornada: El Lago del Oeste. Un espacio de más de 6 km² de superficie y casi 15 kilómetros de recorrido, donde historia, arte y paisaje se dan la mano. Última visita en la ciudad, en la que veníamos pensando que únicamente ese lago era su único atractivo y que lleva casi 24 horas ofreciéndonos un espectáculo de contrastes.

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Paseo por el Lago del Oeste

El Lago del Oeste, es un espejo de agua que ha inspirado a emperadores, poetas y pintores durante siglos. Resulta casi imposible explicar con justicia lo que supone para un viajero contemplar por primera vez este enclave natural que parece extraído de una pintura china antigua. Sus 14 kilómetros de perímetro envuelven jardines, pabellones, puentes de piedra, islas y senderos por los que pasean familias enteras, parejas que comparten un termo de té y ancianos que saludan como si el parque fuese una prolongación de su propio hogar.

La caminata la comenzamos a pie, dejándonos llevar por la brisa que acaricia la superficie del agua, salpicada de nenúfares y flor de loto. Entre los sauces que se arquean graciosamente sobre los caminos, asoman estructuras que parecen detenidas en el tiempo. Pero llega un punto en que el cuerpo empieza a recordarnos que llevamos muchas horas acumuladas, y nos dejamos conquistar por una alternativa tan práctica como entrañable: el trenecito panorámico que rodea todo el lago. A bordo, nos sentimos un poco como niños pequeños en un parque temático, con la diferencia de que el decorado es tan real como impresionante.

En uno de los márgenes, asoma la figura más llamativa de todo el recorrido: una réplica del barco dorado imperial, que remite directamente a las embarcaciones utilizadas por los antiguos emperadores para sus paseos de contemplación. Es dorado, ornamentado, majestuoso… y a la vez armonioso, como todo en este lugar. A medida que avanzamos, aparecen otros puntos emblemáticos: puentes arqueados que conectan pequeñas islas, pabellones en los que los locales practican caligrafía o taichí, y miradores desde los que el lago parece convertirse en mar.

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En esta parte del viaje no hay prisa. Solo una sensación constante de equilibrio y belleza que te va calando. En Hangzhou, la estética no es un decorado: es una forma de vida. Y este paseo, a medio camino entre el descanso y la contemplación, nos lo confirma con cada tramo. La tarde nos lleva hasta la estación de tren de Hangzhou, y una vez más, lo que nos encontramos nos obliga a reformular nuestras escalas de comparación. Porque sí, todos habíamos estado antes en estaciones grandes. Pero esto… esto es otra cosa.

Un espacio inmenso, techos altísimos, cientos de paneles informativos y decenas de andenes que se abren como abanicos hacia cada rincón del país. La cantidad de gente impresiona, pero no agobia. Aquí no hay carreras ni codazos. Todo el mundo parece saber adónde va. Todo parece funcionar. Como una coreografía perfectamente ensayada.

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Y sin embargo, cuando nos dirigimos al andén y subimos al tren bala, nos permitimos un pequeño momento de orgullo nacional. Porque aunque la eficiencia china es incuestionable y la puntualidad es su bandera, lo cierto es que —entre nosotros— el AVE español sale muy bien parado. Más espacioso, más silencioso, más cómodo en algunos tramos. Llamadnos sentimentales, pero hoy toca apuntarnos otro “minipunto” para casa.

Durante el trayecto, aprovechamos para descansar. Las cabezas caen hacia atrás o se pierden tras las ventanillas donde campos y urbanizaciones pasan a velocidad de vértigo. Es un tramo sin prisas internas, pero con destino claro: Suzhou.

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Al llegar, cruzamos una ciudad que ya nos deja entrever parte de su historia y refinamiento, y nos dirigimos directamente al Pan Pacific Suzhou, nuestro alojamiento para esta noche. El hotel se integra con una armonía elegante en la estética tradicional de la ciudad, situado junto al histórico Panmen Gate, con jardines, estanques y arquitectura que parece sacada de un grabado de la dinastía Song.

El recibimiento vuelve a estar a la altura. Pero lo que nos deja sin palabras es la ubicación elegida para la cena.

Entramos en una sala majestuosa, de proporciones medievales. Literalmente. Los techos se elevan dos o tres pisos por encima de nuestras cabezas, sostenidos por columnas de petreas  que parecen salidas de un templo imperial. Una única mesa alargada, dispuesta para todo el grupo, nos espera en el centro del salón. Estamos cenando en lo que bien podría ser el gran salón de un castillo de la antigua China.

Los platos llegan en procesión: delicadezas locales, sabores suaves, combinaciones inesperadas. Una cena que más que alimentarnos, nos arropa y sosiega. Y cuando terminamos, algunos nos quedamos un rato más tomando una bebida con vistas a los jardines del hotel, mientras otros optan por el descanso.

La jornada, una vez más, ha sido intensa. Pero también una de esas que, al recordarla, uno no sabría qué quitarle. Y con esa sensación —de haber exprimido cada momento— nos rendimos al sueño.

Porque mañana, este carrusel de belleza histórica, cultural, tecnológica y espiritual… continuará.

Bitácora China – Día 07

Donde amanece el equilibrio – Entre algoritmos invisibles y estanques milenarios

El día arranca temprano, como todos los de este viaje que, a estas alturas, ya ha borrado cualquier resistencia natural al madrugón. Y es que pocas veces uno se despierta con tantas ganas. Porque lo que aquí se nos regala no viene envuelto en papel brillante, sino en la forma de vivencias. Hay algo de esa vieja emoción infantil en cada mañana: el día de Reyes en bucle. Hoy, los regalos llevan forma de jardines centenarios, leyendas talladas en piedra y botes que se deslizan por canales silenciosos. Pero también, y quizá sobre todo, llevan una lección: China no solo conserva con orgullo su pasado, también proyecta con precisión matemática su porvenir.

Uno de los grandes descubrimientos de este viaje —más allá de lo visual o sensorial— ha sido constatar cómo el país ha sabido construir un equilibrio estratégico entre turismo, industria y tecnología. No hay casualidades. Cada ciudad, cada región, parece tener asignado un rol dentro de una orquesta planificada al milímetro. No compiten entre sí: se complementan. Mientras unas seducen con su peso cultural, otras ensamblan el presente o incuban el futuro. Y Suzhóu, que a simple vista parece una de las más tranquilas del recorrido —sin los rascacielos de Hangzhou ni la solemnidad institucional de Pekín—, resulta ser precisamente eso: una lección de discreción eficiente.

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Bajo el canto suave de un ratón

La guía lo deslizó casi sin darle importancia la noche anterior: “Se dice que casi la mitad de los ratones de ordenador del mundo se fabrican aquí”. Nos quedamos con la frase, como quien se guarda una pepita de oro en el bolsillo. Al investigar un poco más, la sorpresa se convierte en respeto: Suzhóu es uno de los mayores centros mundiales de ensamblaje de periféricos informáticos, además de acoger instalaciones asociadas a gigantes como Huawei y laboratorios de vanguardia en biotecnología y nanotecnología. Todo esto sucede sin alardes, oculto tras una apariencia de ciudad secundaria, donde los canales y los jardines parecen importar más que los chips y las cadenas de producción.

Pero en China, como ya hemos aprendido, nada es lo que parece y todo está exactamente donde debe estar. Aquí no se da puntada sin hilo. La belleza del estanque y la precisión del láser conviven en la misma calle. Se puede hablar de Confucio y de semiconductores en la misma frase sin que chirríe. Y así, con ese pensamiento en la cabeza —entre el asombro y la admiración— comenzamos nuestra primera visita del día: el Jardín del Pescador, también conocido como Master of the Nets Garden.

Un espacio que, si Suzhóu es el arte de esconder el poder bajo la calma, es su mejor metáfora. Porque este jardín no solo es un ejemplo sublime de la arquitectura clásica del sur de China, sino también una declaración silenciosa: que la elegancia está en el orden, que la sabiduría se cultiva en lo sencillo, y que no hay innovación sin memoria.

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Entre patios interiores y verdades bien contadas

La primera parada del día es el Jardín del Pescador, aunque su nombre verdadero, Master of the Nets Garden, suena más poético y ligeramente misterioso. Y es que si hay algo que hemos ido comprobando a lo largo de este viaje es que en China todo está envuelto en una capa de épica, de historia reinterpretada, de relato al servicio de la emoción. No sabemos si todo lo que nos cuentan es cierto o si forma parte de ese arte que podríamos llamar, sin ironía alguna, “cuento chino”, pero lo cierto es que funcionan. Una casa antigua con muebles antiguos, un jardín interior con estanque, algunos bonsáis estratégicos y una estructura residencial bien conservada se convierten, bajo el relato adecuado, en una joya arquitectónica digna de pagar entrada… y de quedarse una mañana entera.

Y ojo, no es una crítica. Al contrario: es una virtud. Saben sacarle todo el jugo a lo que tienen. Y eso, en el sector turístico, es tan importante como tener patrimonio. Porque de repente, tras cruzar calles de tráfico denso y edificios impersonales, nos adentramos en una zona residencial casi intacta, con casitas encaladas, callejuelas limpias, ni un solo coche a la vista. Es como si alguien hubiera puesto pausa en el tiempo y apretado play en otro canal: el de la delicadeza, la calma, la vida privada.

Entramos. Lo primero que nos llama la atención es la disposición del espacio. Siguiendo una lógica ancestral, la casa refleja el orden jerárquico familiar: al frente, las salas de los mayores; detrás, los espacios de los hijos varones; más allá, los dormitorios de las mujeres. Es un diseño que no solo tiene sentido práctico, sino que expresa una visión del mundo. El plano —que algunos observamos con atención— permite intuir esta estructura: pasillos en ángulo, puertas que no se enfrentan directamente para proteger la intimidad, patios de transición, y entre sala y sala, columnas de madera oscura, suelos de piedra y mobiliario sobrio pero elegantemente dispuesto.

Cada estancia, como nos explica la guía mientras ondea su bandera de CATAI, tiene su función ceremonial o familiar. La sala de los recibimientos, con su gran banco tallado, sus biombos de madera con escenas de bambú y sus faroles rojos colgando, parece pensada para hablar poco y observar mucho. Allí las paredes no solo encierran aire: cuentan silenciosamente el modo de vida de un funcionario retirado que decidió cambiar las intrigas de palacio por la paz de los estanques. El mismo personaje que inspiró el nombre de la casa. Un sabio —nos dicen— que, como en una antigua fábula, pescaba con un anzuelo recto, incapaz de atrapar peces, porque su objetivo no era pescar, sino vivir en paz. Una metáfora perfecta de quienes tienen el poder de hacer, pero eligen no hacerlo.

La transición hacia el jardín es progresiva, como un crescendo silencioso. Primero, un patio; luego, una antesala decorada con flores en macetas azules y blancas; más tarde, una puerta que se abre hacia el corazón del conjunto: el estanque. Ahí, el jardín deja de ser jardín y se convierte en refugio espiritual. Pabellones que se asoman al agua, puentes de piedra que cruzan en media luna, rocas dispuestas con precisión teatral, carpas que nadan sin prisa. Todo parece diseñado para enseñar a contemplar. Como si el espacio no esperara ser recorrido, sino absorbido.

Y así, cuando ya estamos inmersos en esa serenidad cuidadosamente orquestada, cuando uno empieza a sospechar que sería posible vivir allí una vida entera sin echar de menos nada, la guía cierra el círculo: “Y ahora nos vamos… a la Colina del Tigre”. El cambio de tono es tan abrupto como intrigante. Pasamos de la delicadeza del sabio al rugido de la leyenda. Del estanque a la espada. China, una vez más, nos obliga a cambiar de registro. Y nos encanta.

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Cuentos, sudor y acero legendario

Pocos minutos después de salir del Jardín del Pescador, llegamos a la siguiente parada: la famosa Colina del Tigre, ese nombre que suena a epopeya mitológica o película de acción de los años 90, pero que, como todo en China, encierra varias capas de verdad, leyenda y estética medida al milímetro. Nada más bajar del autobús, el primer impacto no es el tigre. Es el sol. Aprieta con fuerza, implacable. Y para nuestra sorpresa, aún estamos dentro del área urbana. No hay una colina visible ni un relieve que nos anuncie la presencia de un ascenso. Solo una planicie amplia, dura y sin sombra, y al fondo, una estructura que funciona como puerta simbólica al recinto.

Se trata de dos columnas de piedra coronadas por un cartel rectangular con caracteres rojos sobre fondo dorado. Al preguntar a la guía qué pone, nos traduce con naturalidad: “Wu Zhong Di Yi Shan”, que significa “La Montaña Número Uno de Wu”. Wu, nos explica, era el antiguo reino al que pertenecía esta zona, y ese cartel es más que una bienvenida: es una declaración de intenciones. No estamos entrando en un parque urbano, sino en un lugar con peso, con identidad milenaria, con relatos dispuestos a saltar en cuanto pisemos su suelo.

Caminamos por esa planicie con el aire acondicionado aún en la piel, pero que ya empieza a desvanecerse como si nunca hubiera existido. Y justo al llegar a la puerta, el viaje se vuelve escena. Dos chicas vestidas con trajes tradicionales impecables —hanfu de seda brillante, mangas fluidas, peinados recogidos y piel intacta— nos piden, ellas a nosotros, hacernos unas fotos. Y nos cuesta creer que no estén aquí como parte de un montaje turístico. Pero no lo están. No cobran, no venden nada, no interrumpen. Solo sonríen, posan y se esfuman. Si esto es promoción cultural, es de una elegancia escénica inigualable.

A partir de aquí, la historia comienza. Y no solo porque nos la cuenten, sino porque el entorno la empieza a sugerir. La Colina del Tigre es un monte funerario, al menos eso se cree. Según se dice, aquí está enterrado el rey Helu del reino de Wu, aunque nadie ha podido confirmarlo porque sobre su supuesta tumba se erige una pagoda. Y claro, para excavar habría que demolerla. En ese gesto —no excavar, no confirmar, no arrasar— se esconde una diferencia profunda con nuestra manera occidental de entender el patrimonio. Mientras en muchos países somos capaces de cargar con una excavadora el pasado si eso permite vender dos bloques de adosados, en China el misterio preserva el monumento, no al revés.

Avanzamos por una calle empedrada que sube entre árboles. A nuestra derecha, dos rocas. Una de ellas tiene una fractura limpia, transversal, precisa. “Dicen que esta piedra fue cortada con la espada legendaria”, nos cuenta la guía. Una pareja de artesanos fabricó dos espadas tan perfectas que, al entregarlas al rey, este las probó aquí mismo, cortando esa piedra de un tajo sutil. ¿Realidad? ¿Mito? ¿Un efecto del calor y la imaginación? Tal vez. Pero la manera en que lo narra nuestra guía —con gestos, con pausa, con mirada intensa— hace que todos veamos, por unos segundos, al rey empuñando el acero y dividiendo el mundo en dos.

La subida continúa y, ahora sí, se justifica el nombre: esto es una colina. Las piernas se tensan, el sudor ya es parte del uniforme y los árboles empiezan a aparecer como aliados. Finalmente, tras varios recodos, llegamos a una gran explanada rodeada de vegetación. Y en el centro, elevándose como un mástil en una tormenta detenida, la Pagoda de Yunyan, también conocida como la Torre Inclinada de China. Más de mil años de historia, siete pisos octogonales y una inclinación de casi tres grados que la convierten en hermana desconocida de Pisa, pero sin autobuses de turistas haciendo cola para la foto. Aquí, el equilibrio lo sostiene la tradición.

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Reponemos fuerzas a la sombra. Algunos, simplemente respirando. Otros, observando en silencio. El lugar lo pide. Y cuando comenzamos la bajada, el camino nos regala una última joya: un jardín de bonsáis enclavado en un rincón sin pretensiones. No hay carteles luminosos ni vallas que digan “Instagram Spot”. Solo árboles miniaturizados con siglos de historia botánica. Y aunque mucha gente asocia los bonsáis a Japón, la guía nos recuerda que el arte de domesticar árboles en miniatura es originario de China, donde se practicaba ya en época Tang. El jardín, humilde pero cuidado, parece otro susurro más de esta tierra: lo pequeño también puede ser eterno.

Con el cuerpo agradeciendo la bajada y el alma ligeramente tocada por la estética de lo invisible, subimos al autobús. Hoy comemos en un restaurante con estrella Michelin, lo cual no estaría mal en cualquier circunstancia, pero hoy, con este calor, lo verdaderamente estelar será… el aire acondicionado. Se abrirán las puertas. Entraremos en frío. Y por un momento, será como si el tigre nos hubiera soplado al oído para que no olvidemos jamás su colina.

Una estrella Michelin, una cerveza sudando y una lengua que divide opiniones

Tras la caminata por la Colina del Tigre, el autobús nos recoge como quien salva a una tropa extenuada de exploradores. Nos adentramos en las calles de Suzhóu, ahora sí claramente urbanas, y poco después el conductor nos deja frente a una fachada que, sin grandes ornamentos, lleva en su esquina algo que habla por sí solo: el logo rojo y blanco de MICHELIN 2025. No hace falta más. Es una de esas señales que, incluso sin entender chino, cualquiera identifica como promesa de calidad.

Entramos. Y aunque el sello gastronómico puede pesar, lo primero que agradecemos todos es el aire acondicionado. El salón es elegante sin alardes, mezcla de arquitectura tradicional revisitada, y el servicio impecable, rápido, silencioso… casi coreografiado. La comida, por supuesto, está a la altura. Una parada deliciosa, abundante y perfectamente sincronizada con el tipo de día que llevábamos. No siempre es fácil encontrar en China una cerveza que entienda su función vital en este tipo de climas, pero aquí sí: las botellas llegaban sudando, como nosotros, pero desde el frigorífico.

El menú, como viene siendo habitual en este viaje, nos regala una nueva clase magistral de cocina regional. Platos tradicionales que ya empiezan a formar parte de nuestra rutina gustativa, pero que siempre encuentran una forma de sorprendernos. Hoy, los dos más comentados —y no necesariamente por las mismas razones— fueron la anguila frita y la lengua de pato en gelatina. Para algunos, un manjar. Para otros, un desafío. Para todos, una conversación animada que rompe el hielo y nos recuerda que este viaje es también un recorrido por sabores, texturas y valientes decisiones de menú.

Con el cuerpo ya repuesto y el ánimo revitalizado, volvemos al autobús. El destino ahora no es un monumento ni una colina legendaria. Lo que viene es un salto en el tiempo y el ritmo, una entrada sutil y casi literaria a otra dimensión del viaje. Vamos hacia Tongli, el pueblo de canales, donde el tiempo parece haberse detenido, y donde todo lo que hemos vivido en el día —la tecnología invisible, la calma sabia, la fuerza épica— se diluye en el reflejo tranquilo de las aguas.

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Susurros en Tongli – El penúltimo capítulo del día

El autobús nos deja junto a un laberinto de callejuelas empedradas, como un set de cine donde el tiempo parece haberse quedado clavado en otra época. El sol, aunque más amable, todavía cuelga alto, y solo al adentrarnos vemos el objetivo: los canales de Tongli, diminutas venecias flotantes que nos conducen hacia la serenidad.

Junto al agua nos esperan barcas de madera manejadas por gondoleros chinos, discretos en su charla y enfocados en mantener el pulso lento del recorrido. El ambiente se impregna de un silencio reverente: apenas se escucha el crujir de la madera al deslizarse, el roce suave del remo contra el agua y el chapoteo acompasado que avanza al ritmo del bote. Eso, y el eco lejano de pasos sobre las piedras centenarias. El silencio en Tongli no es ausencia de sonido; es un protagonista más.

A ambos lados de los canales, las paredes de piedra cuentan historias sin palabras: impecablemente encaladas, sostenidas por vigas oscuras, cada una reluce con la luz del atardecer. Las casitas se alinean con precisión, separadas del canal apenas por unos tres metros —tan cerca que parece que el agua pudiera besarlas en cada suave vaivén—. Por esas estrechas calles discurre un flujo constante de motos y motocarros eléctricos, esbozando una coreografía urbana nada intrusiva.

En los aleros y quicios hay puestos de tiendas y pequeñas terrazas: jarras de té helado, vasos brillantes esperando una cerveza, y fideos bañados en caldo. La convivencia entre lo doméstico, lo comercial y lo flotante crea una atmósfera de cotidianeidad poética.

La guinda del trayecto la encontramos en una antigua vivienda convertida en museo local. Allí se atesoran objetos que narran “la vida en Tongli”: vestidos de novia con bordados detallados, monedas de varias dinastías, fotos en sepia y herramientas domésticas. Es un microcosmos de historia privada y colectiva: cada pieza nos acerca a la cotidianidad de generaciones que vivieron en estas orillas. No hay demasiadas explicaciones, solo objetos dispuestos para la contemplación, dejándonos imaginar quién los usó, quién los lució, quién los guardó.

Con ese ligero cosquilleo de nostalgia —y cierto latido de paz— subimos de nuevo al autobús. Nuestra última aventura del día nos espera por carretera: Shanghái, a unos 100 kilómetros de distancia según el GPS, y la oportunidad de cerrar esta jornada con el colofón urbano que ya nos tiene acostumbrado China.

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Voces sobre Shanghái – Crónica de un día que no quería terminar

El trayecto desde Tongli a Shanghái se hace corto. Apenas una hora y media por carretera y entramos, sin darnos cuenta, en el corazón palpitante de una de las ciudades más grandes y dinámicas del planeta. Fundada como pueblo pesquero hace más de mil años, Shanghái creció exponencialmente a partir del siglo XIX gracias al comercio, las concesiones internacionales y el desarrollo industrial. Hoy, con más de 25 millones de habitantes, no solo es la ciudad más poblada de China, sino también una de las más influyentes del mundo en términos económicos, financieros y culturales.

A medida que nos adentramos en sus avenidas, sucede algo que ya habíamos experimentado al llegar a Pekín, pero que aquí cobra otra dimensión: hay tráfico, sí, pero no hay ruido. Los motores apenas se escuchan. No hay claxon. No hay estridencias. La mayoría de los vehículos son eléctricos, y el efecto es casi surrealista: una megaciudad que avanza en silencio, como si alguien hubiera bajado el volumen para que podamos observar con más atención.

Nuestro destino es el Jin Jiang Hotel, un icono de la ciudad, ubicado en el área que antiguamente formaba parte de la Concesión Francesa. Esta zona es uno de los pulmones estéticos de Shanghái: calles arboladas, arquitectura de influencia europea, cafés con encanto, tiendas boutique y una atmósfera que mezcla lo bohemio con lo chic. El hotel —elegante, sobrio, con una historia que se remonta a 1934— ha acogido a presidentes, artistas y delegaciones internacionales. Hoy, por unos días, es también nuestra casa.

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Tras una ducha reparadora y una breve cena junto al hotel, nos espera algo que, sin ser un monumento ni un jardín milenario, tiene también valor patrimonial para los que vivimos y trabajamos en el sector turístico. Esta noche, se graba en el hotel una edición especial del programa Paralelo 20, de Radio Marca. Capitaneado por Marcial Corrales, este espacio es desde hace años la voz del turismo en la radio española. Una referencia para profesionales y viajeros.

Y hoy, formamos parte de él.

La sala se transforma. Donde antes había reuniones o desayunos, ahora hay micrófonos, cables, control técnico y voces con acento de muchas partes de España. Nos reunimos todos: los medios de comunicación que formamos parte de este viaje, los representantes de CATAI en China, y por supuesto, el equipo incansable de CATAI España, que ha hecho que esta aventura no solo sea posible, sino inolvidable. El ambiente es eléctrico, pero cálido. La emoción es compartida.

Durante una hora que se nos pasa en un suspiro, repasamos lo vivido, lo aprendido y lo sentido. Compartimos anécdotas, descubrimientos, aprendizajes. Reímos. Y en algunos momentos, también nos emocionamos. Hay incluso alguna celebración espontánea —carcajadas, brindis improvisados— que preferimos dejar como parte íntima de la experiencia vivida, igual que esa escapada final a Manhattan Bar, donde certificamos que en Shanghái también saben cómo se celebra la vida.

Mañana nos espera la ciudad en plena ebullición. Pero antes, necesitamos dormir. Y rápido. Porque el reloj no perdona, y en China, cada amanecer trae un nuevo universo por descubrir.

 

Bitácora China – Día 08

Shanghái: Luces, ciudad, acción – Del bullicio del jade al resplandor del skyline

El día comenzó saliendo del Jin Jiang Hotel, en pleno corazón del antiguo barrio francés de Shanghái. La zona, elegante y arbolada, conserva ese aire señorial que le dan sus edificios bajos de estilo europeo y sus cafés tranquilos, aún medio dormidos a esa hora de la mañana. A medida que avanzamos con el autobús, el paisaje fue cambiando con suavidad.

Dejamos atrás las calles con nombres franceses y las fachadas cubiertas de vegetación, para adentrarnos en una zona más funcional, de bloques altos y avenidas anchas, donde el ritmo urbano se hace más evidente. Recorrimos una avenida recta que desemboca en una rotonda coronada por un gran reloj, uno de esos puntos de referencia que parecen marcar un cambio de registro. A partir de ahí, el Shanghái que se muestra es más práctico que estético, más cotidiano: viviendas altas, comercios locales, algunas motos eléctricas maniobrando entre carriles.

No era una ciudad caótica ni especialmente bulliciosa, pero sí más intensa que el entorno tranquilo del hotel. Y justo cuando parecía que nada destacaría, apareció el Templo del Buda de Jade, encajado entre edificios como un oasis inesperado. Su entrada discreta no anticipa lo que hay dentro, pero una vez cruzado el umbral, la atmósfera cambia. Silencio, incienso, arquitectura tradicional. Un paréntesis absoluto en medio del bullicio.

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Templo del Buda de Jade (Yùfó Sì): espiritualidad detenida en el tiempo

En mitad del pulso frenético de Shanghái, donde los rascacielos compiten por tocar el cielo y las avenidas bullen de movimiento constante, existe un lugar donde todo se ralentiza. Una especie de paréntesis espiritual. Una pausa. El Templo del Buda de Jade, construido originalmente en 1882 y reconstruido tras un incendio en 1918, es mucho más que un vestigio arquitectónico o una atracción turística: es un templo vivo, respirando incienso y devoción a diario, sin importar la edad, el idioma o la nacionalidad de quienes lo visitan.

El complejo, que combina elementos del budismo Chan con una estética arquitectónica tradicional, está compuesto por varios patios y pabellones organizados en simetría perfecta, siguiendo el modelo clásico de los templos chinos. Desde el primer momento, lo que llama la atención es el color: el rojo de los pilares, el dorado de los techos y esculturas, el gris de las losas de piedra, y el blanco casi místico del humo del incienso que se eleva en espirales desde los quemadores situados en los patios. Hay silencio, pero también hay vida. Peregrinos, turistas, monjes. Algunos caminan en círculo, otros rezan de pie con las palmas juntas, y los más veteranos dejan ofrendas de flores, fruta o pequeños fajos de papel ritual.

El recorrido avanza entre pabellones cuidadosamente ornamentados, donde el visitante puede detenerse ante numerosas estatuas de Buda en distintas posturas, cada una con su significado: meditación, enseñanza, bendición. Pero el verdadero corazón del templo está en lo más profundo del complejo, custodiado con especial atención: la Sala del Buda de Jade. Allí, en una estructura elevada que solo se puede contemplar a distancia —y no se puede fotografiar—, se encuentra la escultura que da nombre al templo: un Buda sentado tallado en jade blanco, de casi dos metros de altura y cerca de tres toneladas de peso, traído desde Birmania a finales del siglo XIX por el monje Huigen. Tallado con una precisión exquisita, el Buda aparece en postura de meditación, con las manos sobre el regazo y una expresión serena que impone respeto. El jade, símbolo de pureza e inmortalidad en la cultura china, otorga a la figura un resplandor que parece casi interno, como si emitiera luz por sí mismo.

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No muy lejos, en otro pabellón lateral, se encuentra otro Buda de jade —en este caso reclinado, representando el nirvana— también traído desde Birmania, aunque de menor tamaño. El contraste entre las dos figuras (el Buda sereno que enseña y el Buda que alcanza la liberación) no es casual, sino que refleja el ciclo espiritual completo del budismo.

A medida que avanzamos entre los salones, percibimos cómo cada elemento está cargado de simbolismo: las campanas, los dragones esculpidos en los aleros, las puertas ornamentadas, los paneles calados, los faroles rojos que cuelgan en los pasillos. El templo no solo es bello, es una enciclopedia viva de símbolos y enseñanzas.

Pero lo que más impacta no son los detalles arquitectónicos, sino el contraste: cómo algo tan íntimo y tan antiguo puede sobrevivir —y florecer— en medio de una ciudad futurista como Shanghái. Aquí no hay pantallas ni neones. Hay plegarias. Y hay un silencio que no incomoda, sino que acompaña.

Para quienes venimos de culturas más ruidosas, este tipo de lugares nos enfrentan a otra forma de estar en el mundo: más introspectiva, más ritual, más consciente. Y como viajeros, nos recuerdan algo que es fácil olvidar entre tanto trasiego turístico: que los templos no son museos. Son hogares de fe. Y en este, además, late la historia de cómo una simple figura de jade cruzó medio continente para convertirse en el corazón espiritual de una de las ciudades más dinámicas del planeta.

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El hechizo subterráneo del AP Plaza

Tras salir del templo del Buda de Jade, nos dirigimos al siguiente destino del día: AP Plaza, un mercado subterráneo que bien podría formar parte de una novela de Murakami si la hubiese ambientado en Shanghái. Llegamos al lateral de un edificio sin pretensiones, donde una escalera poco llamativa desciende hacia lo que parece la entrada de una tienda cualquiera. Pero al atravesar esas dobles puertas de cristal, nos encontramos con un mundo paralelo.

Todo el espacio se abre de golpe. Un gran rectángulo diáfano, estructurado en pasillos perfectamente simétricos, como si alguien hubiese jugado a crear un barrio entero en el sótano de la ciudad. Más de 300 puestos distribuidos en dos sectores —según estimaciones locales, el mercado supera fácilmente los 15.000 m²—, y todo bajo la superficie. No hay ventanas. No hay relojes. Solo luces blancas, escaparates repetidos y una sensación de que el tiempo funciona con sus propias reglas ahí abajo.

La entrada nos conduce directamente a la zona más tradicional, donde la mayoría de compradores son chinos. Aquí hay sastres que hacen trajes a medida, arreglos de ropa, puestos de textiles, zapatos ortopédicos, ópticas y tiendas de uniformes escolares o ropa de trabajo. Es un mercado auténtico, funcional, con precios fijos en muchos casos y vendedores menos efusivos que los que nos esperaban al otro lado.

Porque cruzando la estación de metro que divide el mercado —y que parece una frontera invisible entre dos mundos—, comienza el verdadero espectáculo: el Shanghái del regateo, la tentación y el desenfreno comercial. En cuanto cruzamos esa línea, el grupo que hasta ese momento caminaba unido se disolvió por completo, como si un ilusionista hubiese lanzado una bomba de humo y hecho desaparecer al público de su función. Cada uno se desvaneció en los pasillos. Tres horas por delante. Cada uno con su misión.

El sonido en esta parte es otro: una mezcla constante de susurros insistentes y gritos discretos, casi como si se tratara de una coreografía orquestada. «Watch? Bag? Shoes? iPhone cover?» te lanzan al paso mientras te señalan el interior de la tienda, como si guardaran el modelo exacto que estabas buscando y aún no lo supieras.

Algunos del grupo llevaban la lista escrita con los «recados» de amigos y familiares: camisetas de equipos de fútbol, auriculares inalámbricos, zapatillas con logos casi perfectos, o bolsos que, si no se inspeccionan con lupa, pasan por auténticos. Otros iban más relajados, dejándose llevar por el instinto: “si me gusta, y me lo bajan, me lo llevo”. Los más precavidos sabían exactamente el precio tope para unas Air Jordan o unas Converse falsas, y entraban como negociadores profesionales.

Lo que parecía solo una experiencia de compra se convirtió en una suerte de deporte colectivo. Las mochilas se inflaban. Las bolsas negras empezaban a multiplicarse. Y al cabo de las tres horas, cuando por fin nos reencontramos en el punto exacto donde todo había comenzado, la imagen era casi cómica: como si nos hubieran desalojado de casa y nos hubieran devuelto nuestras cosas en bolsas anónimas. Unos llevaban zapatillas asomando por un lateral, otros camisetas enrolladas entre papeles de burbujas. Alguno ya había cambiado de calzado o había estrenado la camiseta que acababa de comprar.

Nadie salió de allí igual que entró. Algunos con gangas, otros con más peso en la maleta y todos con esa mezcla de satisfacción y duda que deja una buena jornada de compras sin normas. AP Plaza no aparece en los catálogos turísticos premium, pero debería. No por su estética, sino porque allí, entre el ruido y las gangas, uno entiende que Shanghái es muchas ciudades a la vez… incluso bajo tierra.

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Comida, móviles y una lección silenciosa sobre el futuro del comercio

Después de tres horas frenéticas de pasillos, regateos y bolsas negras, volvimos al hotel como si regresáramos de una excursión por otra dimensión. El plan era sencillo: dejar las compras en las habitaciones, tomar aliento… y bajar a comer al restaurante del hotel, situado en la primera planta. Lo que no sabíamos era que allí nos esperaba una escena aún más reveladora que todo lo que habíamos visto esa mañana.

El comedor, amplio y luminoso, estaba compuesto por mesas redondas de diez comensales, perfectas para el tipo de comida china tradicional en la que los platos se comparten y giran en bandejas centrales. Conforme fuimos llegando, nos fuimos repartiendo entre las mesas, algunos aún comentando las gangas que habían cazado y otros lamentando haber pagado más por lo mismo que el de al lado. Risas, comparaciones, bromas… hasta que nos fijamos en una mesa cercana a los ventanales, bañada por la luz natural del mediodía.

Allí, sentada sola frente a una mesa para diez, había una joven rodeada de platos y platillos perfectamente colocados, como si estuviese a punto de servir una gran comida… pero sin comensales. Bueno, sin comensales físicos. Porque a su alrededor había al menos ocho teléfonos móviles, colocados con trípodes o soportes improvisados, todos apuntando a los platos. En cada pantalla, se veía a la chica presentando con precisión y entusiasmo cada plato: describía ingredientes, texturas, combinaciones, beneficios… Lo que estábamos presenciando no era una comida. Era una emisión en directo. Una tienda virtual en tiempo real.

Nos explicaron que este modelo de venta es cada vez más habitual: el cliente ve el producto en directo, escucha la descripción, consulta el precio y puede reservarlo para otro día, dejarlo en su lista de favoritos o comprarlo en el acto con un clic. No hay presión, pero sí urgencia: lo que ves, puede no estar disponible mañana. Y la velocidad con la que la chica alternaba platos, cámaras y textos hablados era vertiginosa.

Pero lo más impactante no fue la técnica. Fue la concentración. Durante toda la comida —más de una hora y media— la chica no levantó la vista, no interrumpió su discurso ni una sola vez, no se desconcentró ni con el bullicio creciente de nuestro grupo justo al lado, hablando a viva voz de zapatillas, relojes, y ese bolso de marca que uno pensó haber comprado por la mitad… hasta descubrir que otro lo había conseguido por menos aún. Ella, impasible, seguía vendiendo. Había empezado antes de que llegáramos, y seguía en directo cuando ya estábamos levantándonos de la mesa.

Ahí, entre verduras, gambas y ternera, surgió la reflexión. Una que se ha repetido muchas veces en este viaje, pero que aquí se hizo más evidente que nunca: los chinos ya no solo son los grandes fabricantes del mundo. Son, también, los mejores vendedores del mundo. Y no lo hacen con grandes campañas ni anuncios espectaculares. Lo hacen con algo más básico: esfuerzo, constancia y una tecnología que han integrado en su día a día como si llevaran veinte años usándola.

Yo, personalmente, cada vez lo tengo más claro: ni el sueño americano, ni la dolce vita europea. Si hay un modelo que va a marcar las próximas décadas en los negocios, en el comercio, en la forma de comprar y vender, va a ser el modelo chino. Eso no quiere decir que debamos copiarlo sin filtro, ni mucho menos. Porque si en España todo el mundo se pusiera a trabajar como chinos —sin pausa, sin ocio, sin vacaciones— ¿quién viajaría? ¿qué y a quién venderíamos en las agencias de viajes?, ¿Quién llenaría los hoteles, los aviones, los bares? El turismo también necesita tiempo, disfrute, ocio. Y equilibrio.

Pero ojo. Porque mientras unos descansamos, ellos venden. Mientras algunos miran escaparates, ellos ya están montando la siguiente plataforma. Y mientras nosotros debatimos si hay que reinventarse o no… ellos ya han cambiado las reglas del juego.

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Donde una maqueta te deja sin palabras

Cuando nuestra fantástica guía de CATAI en Shanghái nos anunció, justo después de comer, que íbamos a visitar el Museo de Planificación Urbana, el entusiasmo fue… moderado. Más de uno pensó que aquello no pasaría de una sala con maquetas y unos cuantos planos colgados en la pared. Nos imaginábamos lo típico: un vídeo de presentación, una exposición de los nuevos desarrollos de la ciudad, quizá alguna proyección sobre zonas verdes o transporte. Nada que no hayamos visto antes en nuestras propias ciudades.

Pero claro, esta no es nuestra ciudad. No estamos hablando de una capital regional con aspiraciones ni de un municipio de dos millones de habitantes. Estamos en Shanghái. En China. Donde nada se hace a medias. Donde todo, absolutamente todo, es grande.

La sorpresa empieza desde fuera. Lo que íbamos a ver no cabía en una sala. Cabía en un edificio entero de seis plantas, junto a la enorme Plaza del Pueblo, en pleno centro neurálgico de la ciudad. Y lo que encontramos al entrar fue mucho más que una exposición: era una declaración de principios.

A lo largo de la visita descubrimos que este museo no es una mirada al futuro. Es un manual sobre cómo imaginar, diseñar y construir una megaciudad desde dentro. Desde sus raíces coloniales hasta su presente digital, el recorrido es una inmersión completa en cómo Shanghái ha sido capaz de planificarse a sí misma sin margen para la improvisación. Todo está pensado. Todo está modelado. Todo está previsto.

En una de las plantas encontramos la joya de la visita: una maqueta a escala 1:500 de todo el centro urbano, con cada rascacielos, cada parque, cada calle representada con precisión casi obsesiva. Allí estaba todo lo que habíamos recorrido, y mucho de lo que aún no habíamos visto. Pudong, el Bund, la Torre de Shanghái, los puentes que cruzan el Huangpu… e incluso zonas que todavía no existen, pero que ya están planificadas para ser construidas. Ver la ciudad así, desde arriba, con esa perspectiva de conjunto, genera algo más que admiración. Impone. Y te hace entender por qué aquí las cosas funcionan como funcionan.

El museo no solo habla del urbanismo en términos de expansión y altura. También aborda la sostenibilidad, la gestión digital, la eficiencia energética y la movilidad del futuro, todo ello con un despliegue de pantallas, simuladores, mapas interactivos y recursos tecnológicos que parecen sacados de una película de ciencia ficción. Pero no lo son. Son el presente. O mejor dicho, son el ahora que ya tiene respuesta para el mañana.

A medida que avanzábamos por las distintas salas, la sensación era clara: en Shanghái no se improvisa nada. Todo se traza, se mide, se ensaya. Y esa mentalidad se contagia. Lo que empezamos viendo como “una visita de relleno” acabó siendo una de las experiencias más reveladoras del día. Porque, de pronto, todo lo que habíamos visto desde la calle —ese caos aparente, esa mezcla de lo antiguo y lo nuevo, ese orden que se adivina detrás del desorden— cobraba sentido.

Salimos de allí con otra mirada. Con la sensación de que esta ciudad no es fruto del azar ni del crecimiento descontrolado. Es el resultado de una estrategia a largo plazo, de un proyecto que no solo piensa en el hoy, sino en los próximos 25 años. Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa.

Regresamos al hotel en silencio, como procesando todo lo que acabábamos de ver. Tocaba descansar un poco, cambiarnos de ropa, ponernos nuestras mejores galas… porque lo que venía a continuación prometía ser el plato fuerte de todo el viaje: un paseo en barco por el Huangpu, con el skyline de Shanghái como telón de fondo, y una cena inolvidable en el malecón.

Pero eso merece su propio capítulo.

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Shanghái: «Luces, ciudad, acción»

Justo al llegar al hotel, tras un día intenso de templos, mercados y maquetas monumentales, el ambiente en el autobús era una mezcla de impaciencia y entusiasmo. Había quien soñaba con una siesta reparadora. Otros, con sacar del armario sus galas nocturnas. Pero todos —sin excepción— teníamos un único pensamiento en mente: ver el skyline de Shanghái iluminado, reflejado sobre el río Huangpu como una fantasía futurista hecha realidad.

Y entonces… empezó a llover. Pero no era una lluvia amable de esas que refrescan y se agradecen. No. Era una cortina densa, persistente, decidida a aguar (literalmente) uno de los momentos más esperados del viaje. Se esfumaba, así de golpe, ese paseo frente al skyline que llevábamos imaginando desde que aterrizamos en China. O incluso antes.

Con el cielo encapotado y el ánimo un poco chafado, una parte del grupo decidió aprovechar el rato “muerto” para bajar al bar del hotel. Total, ya estábamos arreglados. Allí, entre cervezas y resignación, comenzamos a bromear sobre cómo nos habíamos vestido para nada. Pero una vez más, nuestros anfitriones de CATAI se sacaron un as de la manga. Y no un as cualquiera: un comodín panorámico de 180 grados.

Nos subimos al autobús con destino a un restaurante que, nos dijeron, estaba “cerca del malecón”. Pero aquello de “cerca” se quedó corto. POP on the Bund, ubicado en la última planta del histórico edificio Three on the Bund, no es solo un restaurante con vistas: es un palco de lujo sobre uno de los skylines más alucinantes del planeta.

Desde su terraza, el espectáculo era digno de cualquier gala de Hollywood: un desfile de luces, reflejos y arquitectura imposible, donde los colores bailaban sobre el agua como si alguien hubiera decidido mezclar Blade Runner con un filtro de Instagram. Frente a nosotros se alzaban, imponentes, las siluetas de la Torre de la Televisión Oriental Pearl con sus esferas futuristas; el imponente Shanghai World Financial Center (sí, el del “abrebotellas” gigante); la Torre Jin Mao y, sobre todas ellas, la vertiginosa Torre de Shanghái, la segunda más alta del mundo, que parece retorcerse sobre sí misma en un ascenso hipnótico de 632 metros.

La sesión fotográfica fue inevitable. Nadie se libró del posado —ni de los vídeos, ni de las stories—. Cada ángulo era una postal. Cada gesto, una postal. Cada mirada, un “¡mira eso!” imposible de contener.

La cena, servida con una elegancia exquisita, fue tan internacional como el entorno: ensalada de langostinos con higos y aguacate, sopa de calabaza con gambas del Ártico, lomo de Black Angus o halibut islandés con setas y parmesano, y un final dulce con una tarta de chocolate POP con chantilly y palomitas. Todo estaba delicioso. Pero lo verdaderamente inolvidable no estaba en el plato, sino en la vista. Comer allí era como cenar dentro de un salvapantallas de ordenador animado. Parecía irreal.

Y aún quedaba más.

Después del festín y de la ronda extra de fotos (sí, volvimos a sacar los móviles), bajamos al malecón. El Bund, ese paseo que recorre la orilla oeste del río, se convirtió en la guinda perfecta de una jornada mágica. Desde abajo, el skyline ya no se contempla, se siente. Porque aunque pierdas perspectiva, ganas en cercanía. Estás justo al borde del agua, con esos colosos de luz levantándose frente a ti como si quisieran tocar las estrellas.

Pasear por allí es como atravesar la historia reciente de China en vertical: desde el primer rascacielos moderno diseñado por un arquitecto chino formado en la escuela soviética —símbolo de una China que despertaba al progreso— hasta los titanes de cristal y acero del siglo XXI que ahora dominan el paisaje con mensajes en LED, hologramas y eslóganes en movimiento. Todo late. Todo brilla. Todo parece decir: “estás en el futuro… pero estás aquí”.

Al regresar al hotel, Shanghái ya no era solo una ciudad más en el mapa. Era un recuerdo inolvidable, una fotografía que se te queda grabada no en el móvil, sino en la memoria.

Sabíamos que aún nos quedaban muchas cosas por ver al día siguiente, y eso nos ilusionaba. Pero también éramos conscientes de que acabábamos de vivir nuestra última noche en Shanghái. La siguiente la pasaríamos ya a bordo de un avión rumbo a casa. Así que nos fuimos a dormir con la sensación de haber vivido algo grande. Y con la certeza de que, al menos por una noche, habíamos sido parte de una ciudad que no solo crece en altura, sino que también sueña en vertical.

Bitácora China – Día 09

Entre compras, templos y alturas – Shanghái se despide como vive: a lo grande

Hoy no hizo falta madrugar. Y solo con eso, el día ya se sabia diferente. Como si Shanghái —esa ciudad que no descansa nunca— nos regalara una última tregua antes de decirnos adiós.

Nos levantamos sin prisa, entre el ritual de cerrar maletas y el recuento mental de recuerdos comprados, encargos familiares y “esto no sé cómo ha acabado aquí, pero me lo llevo igual”. El Jin Jiang Hotel, que durante estos días nos había acogido en pleno corazón de la Concesión Francesa, se convirtió por unas horas en un punto de despedida: bajamos las maletas al hall, nos miramos entre cafés, y por primera vez en todo el viaje supimos que estábamos cerrando capítulo.

Desde el autobús, la ciudad parecía querer despedirse también. Dejamos atrás el barrio elegante de fachadas bajas y árboles centenarios, cruzamos avenidas cada vez más anchas y modernas, y nos adentramos en un Shanghái más tradicional. Y entonces, de pronto, bajamos en un lugar que parecía de otra película: el barrio antiguo de la ciudad, lo que algunos llaman “Chinatown” pero que aquí no tiene nada de cliché. Porque esto es China, no una versión exportada.

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Las casas de madera oscura con tejados curvados, las esquinas que se abren como abanicos, los puentes sobre canales interiores y las fachadas llenas de historia se mezclaban con tiendas modernas, escaparates con luces LED y locales donde lo artesanal convive con lo último en diseño. Caminamos entre ellos con los ojos abiertos y el sol encima, sabiendo que estábamos en un parque temático real, dentro de una ciudad real, dentro de un país aún más real de lo que imaginábamos.

Nos hicimos una última foto de grupo en la plaza central de Yuyuan Garden Bazaar, con la Torre de Shanghái asomando al fondo como si nos recordara que aún teníamos una cita pendiente con ella.

Después, tiempo libre. Para pasear, para curiosear, para comprar ese último imán, ese abanico pintado a mano, esa camiseta de i love Shanghái, o esa tontería que luego —en casa— será lo más preciado de la vitrina. Y para observar. Porque este barrio tiene esa capacidad de absorberte: en un rincón venden bolas de arroz pegajoso, en otro, lo último en tecnología. Y mientras todo sucede, el skyline futurista se asoma desde detrás de los tejados, como si vigilara el pasado sin interrumpirlo.

Volvimos a encontrarnos todos, como siempre, puntuales y acalorados, y nos dirigimos a comer. Esta vez, sin muchas fotos, sin ceremonia: necesitábamos energía para lo que vendría después.

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Shanghai Tower: decir adiós desde el cielo

La vimos anoche, iluminada, colosal, retorciéndose hacia las nubes. Pero ahora la teníamos frente a frente. La Torre de Shanghái, segunda más alta del mundo, nos esperaba en el corazón financiero de Pudong, entre avenidas de vidrio y acero. Desde abajo, su forma helicoidal desafía la lógica: ¿cómo puede algo tan alto parecer también tan fluido?

Tiene 632 metros, 128 pisos y el récord de ser el edificio más alto de China. Pero más allá de los números, lo que impresiona es su presencia. No es solo una torre. Es un símbolo. Un resumen vertical de lo que esta ciudad quiere ser: moderna, ambiciosa, en constante movimiento.

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Subimos en uno de los ascensores más rápidos del planeta, a más de 18 metros por segundo. En apenas 55 segundos, pasamos de la calle a un mirador de ciencia ficción. Y desde allí, la vista. Una panorámica de 360 grados que no necesita filtros ni palabras: la ciudad se extendía a nuestros pies como un mapa vivo. El río Huangpu serpenteando entre barrios; el World Financial Center en primer plano como una escultura geométrica; las urbanizaciones que parecían maquetas y los parques como manchas verdes entre el gris.

Cada uno buscó su rincón. Algunos hicieron fotos sin parar. Otros se quedaron en silencio. Y todos, en algún momento, miramos hacia abajo… y luego hacia dentro. Porque esas vistas, más que enseñar, hacen pensar. En lo rápido que ha pasado todo. En lo mucho que hemos vivido en tan pocos días.

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Últimas compras, últimos pasos

Y si de rituales se trata, no podíamos marcharnos sin cerrar uno: el del mercado AP Plaza. Volvimos al subsuelo, como si completáramos el ciclo que empezó días atrás. Más regateo, más compras, más bolsas negras llenas de “chollos” y “esto lo he conseguido por la mitad”. Pero esta vez no hubo prisas. Fue un paseo con sabor a despedida. Como si cada pasillo nos dijera: “gracias por venir, vuelve pronto”.

De allí, directos al aeropuerto. Nos subimos al avión con el corazón lleno y la cámara del móvil a rebosar. Y cuando por fin el avión despegó y empezamos a dejar atrás el territorio chino, una palabra se repetía en todos nuestros pensamientos: impresionante.

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China como destino, CATAI como aliado

Han sido nueve días intensos, sorprendentes, emocionantes. Hemos recorrido palacios imperiales, jardines zen, avenidas imposibles, canales silenciosos y rascacielos que acarician las nubes. Hemos probado sabores nuevos, escuchado historias que no aparecen en los catálogos y, sobre todo, hemos sentido que este viaje era diferente.

China no es un destino más. Es una lección de contraste, una inmersión completa, una aventura con mil capas. Y vivirla de la mano de CATAI, con su organización impecable, sus guías espectaculares y su capacidad para sorprendernos cuando menos lo esperábamos, ha sido clave.

Nos vamos sabiendo más. Más sobre China. Más sobre nosotros mismos como viajeros. Y más seguros aún de una cosa: Este viaje hay que recomendarlo. Este viaje hay que venderlo. Este viaje hay que vivirlo.

Y como ya nos conocemos… también sabemos que ya estamos esperando la próxima aventura. ¿Dónde será? No lo sabemos aún. Pero si es con este equipo, la respuesta da igual. Porque no importa tanto el destino… Como la forma en la que eliges vivirlo.

zái jián 再见

Fundador y director de SoloAgentes, el ecosistema de medios, formación e innovación enfocado en agencias de viajes y proveedores turísticos. Mi trabajo se basa en generar contenidos útiles, persuasivos y con impacto comercial real para el sector.

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